Viajar es un placer irrepetible, ya que aunque se regrese al mismo lugar, y aparentemente en las mismas circunstancias, uno siempre vuelve con ojos distintos. Por lo mismo, un buen compañero de viaje es primordial para disfrutar la experiencia como debe ser.

Existen diferentes tipos de viajeros: los ecoturistas que explotan en Bali o la Patagonia, los relajados que solamente disfrutan las instalaciones del resort gran turismo en Copacabana, los espirituales veganos hippies que se van a hacer yoga a la India o a Chichén Itzá en el solstico, y los intensos que desde las 7 am hasta la media noche van al museo de arte, al monumento de independencia (obvio ubica la fecha), al ayuntamiento (obvio sabe que el anterior se encontraba originalmente a dos cuadras hasta que el edificio se incendió), a la casa donde nació el héroe nacional (obvio memorizó la biografīa y le responde todo al guía mientras los otros turistas ponen los ojos en blanco), al restaurante típico (obvio come con las manos como los locales), al bar de moda (que obvio sigue desde hace meses en Instagram), al transporte público (obvio para fijarse en lo que usa la gente y después ir a comprarlo), y hasta el café donde se tomó la foto ese escritor hace cien años #autogol. Por eso, uno debe elegir cuidadosamente a los compañeros de viaje, ya que cuando dos tipos diferentes de viajeros chocan, el resultado puede llegar a ser peor que la boda en la segunda película de Sex and the City.

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¿Familia?

Viajar con familia claro que tiene ventajas, sobre todo si la familia sabe que uno es LGBT+ (porque eso de esconderse un par de semanas de la tía católica… qué flojera, en especial cuando uno ya lleva un tiempo fuera del clóset con la familia nuclear). Sobre todo viajar con padres tiene ventajas, ya que no solamente invitan todo, sino que generalmente evitan hostales para estudiantes o los puestos de comida callejera. Dejando de lado el aspecto egoísta, realmente cuando las relaciones con los familiares son sanas, uno siempre puede disfrutar un viaje con las personas que siempre han estado y estarán ahí, que nos conocen desde que le pegamos la etiqueta Pierre Cardin de la camisa de nuestro papá a nuestra “cobija de seguridad”. PEEEEEEEEROOOOOOOOOOOOO por lo que más quieran, destinos como Las Vegas no son para ir con familia, ya que aunque claro que puede ser un buen viaje, pues uno debe ser niño bueno, y la Ciudad del Pecado no se disfruta como debería (créanme, se los digo por experiencia propia).

Salud

Salud

Por supuesto, viajar con amigos es increíble. Se trata de la gente con la que eliges estar, a la que le confiesas todo, con quien te ríes como idiota de cualquier tontería, y que hasta te ayuda a ligar y te mete a la cama en una pieza cuando se te pasan las cucharadas. Casi cualquier experiencia puede ser muy divertida, desde jugar cartas con una botella de tequila barata encerrados en una cabaña a la mitad de un bosque, hasta ir a alguna marcha del orgullo en la capital europea de su preferencia con el pretexto de una despedida de soltero. PEEEEEEEEROOOOOOOOOOOOO las amistades se pueden fortalecer o debilitar en un viaje. Mi padre dice “¿Quieres conocer a Ana? Vive con ella una semana”, y en viajes con algunos amigos he descubierto que con algunos podría casi casarme si nos atrajéramos físicamente, pero también que otros son amistades de dosis pequeñas, y que un fin de semana entero pegados puede volverse incómodo y hasta molesto debido a incompatibilidad de personalidades.

¿Pareja?

¿Pareja?

Viajar con nuestra pareja es inigualable, todo puede ser como en una luna de miel. En teoría todo es romático (masajes en la playa, darse de comer en la boca, y desayunar en la cama después de…. haber visto el amanecer, obvio no pensaron mal, ¿verdad?). Es la oportunidad perfecta para olvidarse de todo y de todos por cinco minutos, solamente existen ambos. PEEEEEEEEROOOOOOOOOOOOO el primer viaje es el definitivo, el que dice si la relación verdaderamente puede funcionar, si hay compatibilidad, y si podemos enfrentar retos juntos (como perdernos en una ciudad donde nadie hable nuestro idioma). Viajar en pareja es un ensayo excelente para cuando uno decida vivir con el otro.

Yo les he de confesar que el mejor compañero de viaje que he tenido no ha sido un amigo o siquiera un novio, sino mi hermano (soy afortunado). Sin embargo, a veces el mejor compañero de viaje es uno mismo, no tiene nada de malo, y de hecho puede disfrutarse bastante. Al viajar solo, uno hace lo que quiere, como quiere, donde y cuando quiere, y además uno se obliga a interactuar más con los locales. Alguien una vez me dijo que los viajes al exterior son viajes al interior, sobre todo si uno lo hace solo. PEEEEEEEEROOOOOOOOOOOOO claro que a veces nos gustaría compartir algo especial con alguien especial, eso que ni qué *suspira*.