No solo los heterosexuales, los “jotos” también somos homofóbicos, ¡y mucho! Nos cuesta admitirlo o lo negamos, pero definitivamente nos hemos vuelto cómplices y secuaces de ese tentáculo del machismo.

Enfermos mentales. Así es como los homosexuales éramos considerados oficialmente antes del 17 de mayo de 1990, día en que la Organización Mundial de la Salud (OMS) eliminó nuestra orientación sexual de su lista de trastornos de la mente —en la cual nunca debió estar, por cierto—.

Para conmemorar tal acontecimiento, en 2005 se originó el Día Internacional contra la Homofobia, Transfobia y Bifobia (IDAHOT, por sus siglas en inglés). Su objetivo es despertar conciencia sobre la violencia, discriminación y represión que las personas LGBT en todo el mundo.

En el marco de tal fecha, adornamos nuestras redes sociales con avatares alusivos al IDAHOT: banderitas gay encima de nuestra cara, listones y motivos morados, #loveislove, #lovewins… Gritamos al mundo que el odio y miedo hacia lo LGBT están mal. ¿Y al día siguiente? Triste realidad: volvimos a escupirle nuestra homofobia a otros homos.

Loca, pasiva, circuitera, obvia, jotita, musculoca, mariquita, mujercita, vestida, posona, afeminado, amanerado, diva…

Loca, pasiva, circuitera, obvia, jotita, musculoca, mariquita, mujercita, vestida, posona, afeminado, amanerado, diva.

¿Cuál de estas palabras te han dicho otros gays? ¿Cuáles les has dicho tú?

La lista de palabras y acciones homofóbicas con que insultamos, humillamos y descalificamos a otros gays se alarga constantemente. Nos jodemos entre nosotros tal como lo hacen quienes rechazan la diversidad sexual en pro de la heterosexualidad.

La definición tradicional de homofobia nos dice que es temor, rechazo, odio, intolerancia y miedo irracionales hacia la homosexualidad. Sin embargo, esta acepción me parece incompleta y engañosa, ya que alguien es irracional cuando carece de la facultad de razonar: pensar ordenando ideas. En ese sentido, pareciera que la homofobia es una conducta individual, interna, no controlada, no controlable, inexplicable o sin causa aparente, pero no es así.

La homofobia no puede ser considerada como una simple conducta irracional personal, sino como una forma de violencia colectiva, social, y como tal, tiene tres características: es aprendida, intencional y repetitiva. Así lo corrobora un interesante artículo de Mauricio List y Manuel Méndez, profesores investigadores de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP).

En su texto “¿Existe la homofobia en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla?”, publicado en el libro Violencia de género en la Universidad, List y Méndez proponen que la homofobia es una práctica violenta legitimada socialmente a través de la cual se naturaliza la heteronormatividad. Es decir:

La mentada homofobia interna con la que nos han domesticado a los jotos es un efecto de la homofobia externa, que es enseñada, aprendida y avalada constantemente en la familia, el vecindario, la escuela, el trabajo, los medios de comunicación, las redes sociales, las religiones y las iglesias, la música, el cine, los chistes, los albures… 

List y Méndez afirman que la homofobia es una conducta social, individual e institucional de desprecio que busca la anulación o el exterminio real o simbólico de un otro indeseable —el homosexual o la homosexualidad—, la cual se expresa de distintas maneras: insultos, agresiones físicas, bromas, aislamiento, acoso, discriminación, etc., pero nunca por accidente, sino con la total intención de provocar daños.

Entonces, ¿por qué hay homos homofóbicos si se trata de un arma que busca aniquilarnos?

Porque a nadie le gusta ser rechazado, sobajado o agredido, y en una sociedad homofóbica, con tal de ser reconocidos como moralmente aceptables, a fin de evitar el castigo y escarnio hacia nuestra persona o pasar desapercibidos, los hombres homosexuales nos encasillamos, agredimos y condenamos con acciones y conductas típicamente homofóbicas. Incluso, sentimos placer cuando sometemos a quienes no encajan con nuestras propias normas de género: transexuales, transgénero, travestis, bisexuales, drag queens, mujeres con rasgos o actitudes masculinas, hombres amanerados…

Un gay homofóbico luce así de incongruente, absurdo y domesticado por la heterosexualidad y el machismo.

En lugar de aliarnos para hacer frente a la heteronormatividad, optamos por alinearnos con ella.

¿Qué podemos hacer al respecto? No hay fórmulas mágicas para que los homosexuales desaparezcamos nuestra homofobia. No obstante, es de utilidad comprender que cualquier comportamiento aprendido puede ser modificado. Nadie nace siendo homofóbico, ni está obligado a serlo toda su vida.

También, seamos conscientes de que, a decir de los investigadores Mauricio List y Manuel Méndez, el origen de la homofobia no puede reducirse a un desorden psicológico irracional, ya que es más bien un fenómeno social de enseñanza y aprendizaje de violencia.

Para lograr respeto auténtico a la diversidad sexual, debemos combatir la homofobia individual y grupalmente, en lo público y lo privado.

Con frecuencia, pregúntate cómo expresas homofobia, con qué objetivo, hacia qué personas, por qué lo haces repetidamente y a qué se debe que no puedas respetar ni convivir con alguien que no se ajusta a lo que tú consideras u opinas que es correcto.

Intenta desprenderte de tu egoísmo y miedos, y ponte en el lugar de las personas a quienes perjudicas con tu homofobia —mediante la cual quieres encerrarlas en un closet porque te parecen muy gays, muy jotos, muy femeninos, muy obvios—. Haz un esfuerzo por identificarte con la víctima de tu homofobia, y sobre todo: ¡no te acostumbres a tu/la homofobia!