El sexo se ha vuelto tan sencillo y el amor se ha vuelto tan complicado… hoy que nuestra generación ha visto toda una revolución sexual gracias a los medios digitales y que lejos de sentirnos más conectados, nos sentimos más solos. Hoy preferimos dos besos mal acomodados y quince minutos entre las piernas. Con tanta gente en el mundo y con lo difícil que es el encuentro, con lo difícil que es gustar sin filtros, sin subirle un poco a la luz en nuestras fotos aunque por dentro seamos pura sombra.

Tal vez hoy preferimos el sexo sin compromisos porque en el fondo lo que nos da miedo es que nos descubran.

Nos aterra que cuando no tengamos el filtro de nuestras fotos en Instagram, nos quedemos con la verdadera desnudez, esa que deja al descubierto nuestras carencias, nuestras cicatrices y todos esos vacíos que creemos que un par de caricias van a resanar.

Al final cada uno decide lo que le va mejor, como los romances a fuego lento o los arañazos salvajes en la espalda que te descubres un domingo por la mañana en el espejo de un extraño. Porque cuando estabas en la escuela, te enseñaron a utilizar un condón, pero no te enseñaron qué elegir entre involucrarte o no. Nadie te dijo que en tu vida tendrías sexo para quitarte las ganas y sexo para crear un vínculo y por supuesto no te dijeron que no habría preservativo que te protegiera de la decepción de ver que quitarte las ganas con alguien, no necesariamente es sinónimo de placer. Que coger por coger es parte de la cultura actual y que a pesar de tus esfuerzos por conectar con alguien de otra forma, en algunas ocasiones esa será la única alternativa que tengas para estar cerca de alguien.

“Hoy dos tipos de persona en este mundo. Los románticos sin esperanza y los realistas” Stuck in love (2013).

Y es que hoy hay algo casi neurótico en la forma en la que nos relacionamos. Somos impacientes y siempre queremos algo más. Más guapos, más musculosos, más masculinos, más delgadas, más bonitas, más inteligentes… aunque al final lo que nos importe sean los miembros y las caderas.

Quizá solo estamos aburridos de nosotros. De todas esas caras y esos cuerpos que encontramos día a día en internet. Sumidos en la vorágine de la emoción por descubrir quién me espera en mi inbox este fin de semana, extasiados por esa nueva cara que nos va a seguir y que también podría ser esa persona que tanto hemos esperado, aunque en realidad no sepamos ni qué querer ni qué esperar; y nos contentamos con buscar. Nuevas pieles, nuevas emociones, nuevas aventuras, nuevos likes

En el fondo, el miedo está en ser un fracaso. Que a pesar de que los besos tengan un buen sabor y los orgasmos nos dejen satisfechos un par de días, la otra persona no descubra nada en nosotros. Nada serio, nada interesante, nada por lo que valga la pena arriesgarse. Y por eso es mejor tomarse fotos cada cuanto, para enviarlas por medio de aplicaciones, tal vez por eso es mejor ponernos una máscara distinta cada fin de semana para ligar en algún bar. Porque tal vez sea más fácil cambiar nuestra foto de perfil cada semana, que dejar de escondernos detrás de la pantalla de nuestro celular y empezar a mostrarnos, aunque estemos desacomodados, o rotos, o solos.

“Estás lindo Lou. Pero estás lleno de romance y buenas intenciones” Stuck in love (2013).

¿Qué tiene nuestra generación en contra de la vulnerabilidad? ¿Por qué es más fácil enviarle a alguien una foto de nuestro cuerpo desnudo que compartirle una historia de nuestra infancia? Nos citamos para coger, para “intimar” y no logramos conocer más que la superficie. Con tantas cabezas que son mundos, con tantos humanos que son universos enteros, nos conformamos con apenas el destello de una estrella fugaz que nos cumple un deseo, un capricho, un orgasmo que al siguiente día vamos a olvidar.

¿No hay más? Es que no quiero nada serio…

Como si tu cuerpo desnudo frente al otro no fuese nada serio. Como si dejar entrar a un extraño a tu casa no fuese nada serio, como si tus sábanas y tu recámara fueran una vía libre. Una parada en medio del camino, como cuando vas en carretera y de pronto te dan ganas de mear y te detienes en la gasolinera. A lo que viniste y ya. A descargar tus ganas; te vistes y te vas. Porque solo quieres pasar el rato, porque ya no quieres que te lastimen, porque no tienes tiempo, porque de todas formas ni la vida es para siempre.

Entonces… si tanto compartimos en redes sociales, ¿por qué no tomarnos el tiempo de compartir un poco más con quienes metemos a nuestra cama? ¿No te mereces más…? ¿Entonces te quedas o te vistes y te vas?