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Dedicarle tiempo a disfrutar de un rato de pornografía es quizás uno de los hobbies con mayor tabú en la sociedad mexicana.

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La gran mayoría de personas que tienen acceso a internet se han descubierto a sí mismas navegando por sitios de entretenimiento para adultos más de una vez, aunque en las charlas con los amigos mantengan cierto silencio frente al tema. La pornografía se ha convertido en el negocio de la satisfacción por excelencia. Si se sabe dónde buscar, su ejercicio puede volverse gratuito, periódico y solitario. Tomemos estos adjetivos de la forma en la que queramos, ya sea negativo o positivo.

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Recuerdo que, en la adolescencia, en un pequeño pueblo huasteco, llegó a mí una revista, vieja y hojeada al por mayor, que le pertenecía a uno de mis compañeros de secundaria. Estaba atiborrada con imágenes de sexo explícito que hicieron que explotaran mis ojos. Sí, lo sé, ya estaba algo grandecito. Esa fue la primera vez que entendí la diferencia entre mi colección de álbumes de estampas de Dragon Ball y una revista pornográfica, sin hologramas pero con mucho movimiento.

Actualmente, recurrir a la pornografía impresa puede entenderse más como un capricho que como una posibilidad. Hay en la red cientos de páginas dispuestas a infectar con algún virus nuestras computadoras y a ofrecernos el placer de los cuerpos desnudos manteniendo relaciones sexuales. Páginas categorizadas, enunciadas, divididas, etiquetadas, sudadas y repetidas. El material alojado ahí es inmenso. La pornografía se ha adueñado de nuestro espacio vital sin que nos demos cuenta. Basta con echar un ojo a tuiteros del porno casero, los sextwuiteros han encontrado en esta red social un mundo completo de público dispuesto a compartir sus publicaciones a cambio de imágenes explícitas que duren un par de minutos. A cambio de la fantasía, del contacto (in)existente, de la simple interacción reducida a un me gusta y a un retuit. Somos carne de cañón para las plataformas digitales que permiten el juego falso del sexo cibernético.

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Pero volvamos a los sitios en forma, esos creados para colocar material específico. Están aquellos que por una módica cantidad de dinero al mes liberan sus mejores producciones a los ojos del espectador, del cliente furtivo. Estás los recopilatorios, infestados de enlaces que te llevan a otros sitios, pero que en forma no alojan material propio. Podemos encontrar también aquellos que se dedican con entusiasmo al material amateur, ese que el usuario sube y deja ahí, a la vista de quien decida presionar el botón de reproducir. Todos tenemos acceso a este negocio, ya sea como consumidores o como generadores de contenido.

En el espectro LGBT+ el consumo de pornografía no es insignificante para la industria. Las categorías se vuelven infinitas cuando damos click en el apartado erróneamente llamado “porno gay”.  Digo erróneamente porque dentro de la pornografía homosexual el panorama es amplísimo, las categorías son incluso mayores en número a las utilizadas en el porno heterosexual.

¿El “porno gay” es para gays?

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La pornografía tiene una bella cualidad; la libertad. Cada quien elige qué ver, algunos buscan a través de la red a sus actores porno favoritos, otros más sólo se sientan frente a la pantalla buscando tal o cual tipo de porno, lo demás no les interesa. Sin embargo, existe una gran división dentro de estas plataformas: heterosexual y homosexual. A pesar de que se puede encontrar de todo, es común que estos filtros marquen los parámetros de lo que puede encontrarse dentro de las opciones. Sin embargo, todo aquello que no sea heterosexual y cisgénero, va directo a la categoría de homosexual, sin importar si es un video de interacción HMH, hombre cisgénero-mujer transexual, mujer transexual-mujer cisgénero. Hemos dado por hecho que si un heterosexual desea ver un video donde se tienen relaciones con una mujer transexual tiene qué entrar, por regla, a la categoría de homosexual. Quizás, la categorización sería: “Porno Heterosexual”, “Porno LGBT+”, aunque el ideal sería: Pornografía, sin más, con la libertad de que cada quien pudiera ir a lo que desea ver.

Muchos estudios demuestran que una gran cantidad de heterosexuales suelen darse una vuelta por la categoría de porno homosexual, ya sea por curiosidad, impulso o deseo. Otros más, afirman lo mismo, pero a la inversa, un porcentaje de usuarios homosexuales recurren al porno heterosexual para satisfacerse, ahí no hay límites. Esto puede suceder por muchas razones; cierto favoritismo hacia algún actor en especial, mera costumbre frente al hecho de que normalmente, las primeras experiencias con el porno son hetero o la simple y llama razón de encontrar cierto morbo en el sexo que no practican.  El porno es para quien decida verlo, independientemente de su orientación y sus gustos sexo-fílmicos.

¿Existe el porno bisexual?

Nicolas Trudel

Esta pregunta es muy interesante. Pensemos en un planteamiento frío. Podríamos concluir que un bisexual verá el porno que en ese momento necesite, ya sea heterosexual u homosexual. Se sentará frente a la pantalla y buscará el video que le acomode a lo que le genera interés. En cierta forma, es así. Como bisexual, en mi caso personal, busco actrices y actores porno que me gustan, recurro a ciertas categorías que me producen placer, dependiendo el tipo de porno que decida ver en ese momento. Cuando uno teclea en el buscador: porno bisexual, lo que aparece suele estar relacionado a tríos, porque en el mero acto sexual es casi imposible plantear a la bisexualidad si no se recurre a esta herramienta: un hombre que tiene sexo con una mujer y otro hombre en el mismo encuentro. Sin embargo, no todos los bisexuales son amantes del trío en el porno, así que lo único que les queda es ajustarse a la regla que dice: busca lo que quieres, mientras aparezca en la categoría del porno hetero o gay.

¿Y en México?

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Las empresas dedicadas a la producción de pornografía en México también están divididas por esas categorías, pocas veces se toman la libertad de experimentar con las posibilidades sexuales en términos de orientación. Quizá, las más famosas, que no las únicas sean: SexMex (heterosexual) y Mecos Films (homosexual), empresas que conviven en la red sabiendo que existen entre sí, pero que jamás podrán competir, porque el público de una, no le interesa a la otra. El negocio es así. Incluso comparten series de pornografía con el mismo tema desde espectros diferentes, cada una tiene, por ejemplo, su especial de selección mexicana de fútbol. Al final del día, al público mexicano le unen muchas cosas y esto se refleja en el tipo de pornografía que consumen.

Ser LGBT+ en México también se refleja en nuestro consumo pornográfico. Puede parecer banal, incluso innecesario pensarlo. Pero vayamos al punto ciego de todo este choro. La pornografía refleja muchos de los miedos que tenemos como sociedad, miedo a aceptarnos, miedo a decir lo que somos, miedo a decir lo que nos gusta. Es por eso que es tan exitosa, porque ahí, en la intimidad, nadie puede juzgarnos. Es evidente que muchos de los consumidores mexicanos se permiten una libertad sexual relacionada con lo LGBT+ cuando buscan pornografía, incluso si se saben y se dicen heterosexuales en su entorno. La pornografía es también una manera discreta de tener acceso a material relacionado con nuestra orientación sexual, a pesar de vivir en el clóset. Si pudiéramos ser tan libres con aceptarnos, como lo somos al buscar nuestros videos pornográficos favoritos, la sociedad entendería que el único problema en términos LGBT+ que debería existir es el de decidir el tipo de porno que queremos ver hoy. Lo demás ni siquiera debería ser un conflicto.

Por cierto, la revista esa que me prestaron en la secundaria era de prono heterosexual. Ya luego me compré una más variadita, todas se perdieron en una mudanza.

Y tú ¿qué opinas?