Legs sticking out of a duvet

La religión no sólo es la fuente de mayor odio en el mundo, sino también de desinformación.

Publicidad

Por definición, la fe es la ausencia de lógica, y aquí la evidencia no suele ser suficiente para los fundamentalistas religiosos a la hora de solucionar problemas que afectan no sólo a la estabilidad política y social, sino también en temas de sexualidad. Basta con ver que las controversias más grandes de la religión organizada suelen ser de índole sexual o de género, concretamente en la opresión de las mujeres y de la comunidad LGBTI y sus cuerpos.

Pero más allá de hacer el recuento de los daños que ya nos sabemos, mi interés en esta ocasión es hacer reflexión sobre el tipo de educación sexual que tenemos en México y en muchos países de occidente. Algunos dirán que simplemente es inexistente, pero la realidad es que lo que tenemos en nuestro sistema educativo es una educación reproductiva, concentrado en la función genital de los cuerpos cisgénero de hombres y mujeres, dejando fuera de la ecuación el componente más importante en la sexualidad: el placer.

Nadie nos habla del placer porque es tabú, porque es incómodo y hemos hecho que sea inapropiado que un adulto le hable del placer sexual a adolescentes.

No digo que debamos hablar con niños de primaria sobre lo placentero que deberían ser las relaciones sexuales; sexólogos abogan por una educación sexual integral y comprensiva de acuerdo a las etapas de desarrollo, de acuerdo a la edad de los jóvenes. Tampoco digo que se hable del placer sexual de forma lúdica, promoviendo a que se inicien sexualmente a temprana edad, pero no podemos seguir pretendiendo que la fórmula actual funciona. No hablar del placer nos quita la posibilidad de romper con estereotipos y tabúes que sólo nos hieren.

Seguido leemos casos o blogs hablando sobre cómo muchas mujeres cisgénero no experimentan orgasmos en gran parte de su vida adulta, o cómo es que para muchas personas sus primeras experiencias sexuales no sólo no son placenteras, sino terminan siendo dolorosas y traumáticas también. Saber para qué funcionan nuestros genitales no nos hace saber cómo tener relaciones sexuales consensuales placenteras y conocer nuestros cuerpos, ni mucho menos saber cómo dar placer y hacer de nuestra(s) pareja(s) sexual(es) partícipe(s) de esta experimentación progresiva que es el sexo.

Por un lado, los hombres cisgénero solemos tener la “ventaja” de conocer nuestros cuerpos y saber lo que nos gusta sexualmente porque estamos expuestos a mucha información al respecto, desde las falsas expectativas que genera la pornografía hasta la misma competencia y exigencia de ser sexualmente activos que se promueve nuestra sociedad machista. Nos limitamos a lo que está socialmente aceptado, y sentimos y/o reforzamos estigmas cuando buscamos experimentar con fetiches.

Mientras que por el otro lado, las mujeres cisgénero son castigadas por siquiera expresar deseo sexual y muchas no conocen cómo estimular su propio cuerpo. El tabú que ha reforzado la religión sobre el cuerpo de la mujer ha infectado la psique social al punto de dictar lo que es o no aceptable para la mujer en la cama, en el trabajo y en el rol familiar. La liberación sexual sirvió para imponer en el hombre las mismas normas sociales de monogamia a las que la mujer ha sido sujeta históricamente, en lugar de haberle dado la misma “licencia social” que el hombre ha disfrutado siempre.

Y los mismos tabúes que la religión perpetua, que limitan nuestra visión de los cuerpos cisgénero a lo reproductivo, refuerzan estereotipos binarios del género que desconocen los cuerpos de las personas trans, y que en su caso la salud reproductiva sea aún más castigada que el mismo placer. 

La mutilación genital, jóvenes que practican sexo anal y oral de manera riesgosa para “conservar” su virginidad, y el alza en embarazos no deseados en jóvenes lesbianas y gays por haber querido “probar” o “cambiar” algo, son algunos ejemplos de lo dañino que es no hablar honestamente de la principal motivación del por qué nos relacionamos sexualmente de manera consensual y entre adultos.

Impulsemos por una educación sexual integral y enfocada en el placer y menos en la reproducción. Emancipar a nuestros cuerpos de lo que la religión y “las buenas costumbres” dictan hará que la gente tenga menos conflictos en sus relaciones de pareja y que haya menos presiones sociales que orillen a los jóvenes a precipitarse a una vida sexual activa antes de sentirse preparados. Escuchar lecciones sobre sexualidad de parte de gente reprimida sexualmente es como recibir consejos nutricionales de personas con desórdenes alimenticios.

Y tú ¿qué opinas?