«Samuel, Christian, Mario, Omar, Abraham, Luis, el candidato a diputado, el aspirante a DJ, el que me dijo que me amaba cuando acabamos de hacerlo, el que tenía corbata corta pero supergruesa; Carlos, el mismo Carlos, otro Carlos (pero éste me dejó plantado); el ciclista que me dejó boquiabierto con su habilidad para montar, Israel, Juan y su novio, el novio de Juan, MachoSur_1981, el Pelón y su chacal…». Anónimo

Satanizar la promiscuidad. Pensarla como algo invariablemente perverso, pecaminoso y riesgoso resulta «insulso y sin sustancia, [ya que] condenar la búsqueda de goce del sexo en forma abierta, libre y sin prejuicios»**  es característico de sociedades depravadas por la necesidad de controlar el comportamiento sexual.

Imaginar, desear, mirar, oler, sentir, probar, explorar, descubrir, disfrutar… compartir cuerpos, deseos, placeres, fantasías, adrenalina, excitación, satisfacción.

Suena paradójico que no seamos los promiscuos los enfermos por el sexo sino los grupos humanos que se empeñan en regular los actos sexuales ajenos. Porque cuando te hace daño hasta lo que no comes, tienes serios problemas. Si la forma en que otras personas viven su sexualidad te causa conflictos, malestar o intranquilidad, tu salud mental es la que está alterada.

¿Por qué causa miedo, aversión o desagrado que alguien no viva bajo el lineamiento fundamental de la monogamia: el vínculo mediante sexo exclusivo? La norma de látex que exige no entrar en contacto sexual de ningún tipo con alguien que no sea la pareja surge de variadas formas: acuerdo explícito, rutina, imposición de alguna de las partes, hábitos heredados en la crianza, dogmas religiosos, paternalismo médico, etc.

Te sorprenderá saber que tus elecciones en cuanto al número de parejas sexuales no son tuyas al cien por ciento. Es decir, detrás de esas preferencias se encuentran los estándares y requisitos en torno al sexo que incorporas desde la infancia hasta el día de hoy. Entre ellos, se hallan los que relacionan al ejercicio de la sexualidad primordialmente con el riesgo —de contraer una ITS, cometer un pecado, deshonrar una costumbre familiar, perder prestigio laboral, condenarse a la soltería y soledad—.

No es extraño que a la gente le cueste trabajo cuestionar los prejuicios y prohibiciones sobre el comportamiento sexual cuando hay una infinidad de sanciones por transgredir lo aparentemente normal, aquello que virtualmente favorece la salud y la estabilidad emocional.

Responde algo, ¿todas las parejas monógamas que conoces gozan de esos atributos? ¿Por qué suele considerarse a la exclusividad sexual como un valor, pero no a la búsqueda de placer con múltiples personas? ¿Cuántas parejas monógamas viven una doble vida en la que se juran fidelidad, pero no pueden sostenerla porque uno o ambos gustan de tener sexo y recurren a la clandestinidad para saciarse?

Tal es la insistencia en jerarquizar los actos sexuales y los valores asociados con ellos que la presión por cumplirlos se convierte en un asfixiante lastre. La fórmula infalible para enaltecer la monogamia emerge de inmediato: promiscuidad=riesgo=castigo. Como si la monogamia garantizara éxito sexual, dicha perpetua o ausencia de infecciones de transmisión sexual que salen de quién sabe dónde, ¿verdad?

«Me excitaba imaginar muchos aspectos de las nuevas personas que conocía. Lo malo que ahora, estando en pareja, me sigue causando mucho morbo. Eso no se quita nunca, y a causa de mi incapacidad y falta de experiencia para plantear lo que quería [tener sexo con otros hombres] fui infiel. Cargar con eso fue insoportable». Anónimo

¿Qué tan honesto y sólido es un acuerdo sobre algo que no te convence —la exclusividad en el sexo— pero que es necesario para continuar una relación? ¿Qué haces para liberar esa energía sexual que quieres desfogar con otros hombres y no (sólo) con tu pareja? Frotarte contra la almohada o introducir algo sin calor humano en tu esfinter anal puede funcionar un tiempo, pero no hay certeza de sea efectivo por siempre.

A la ecuación monogámica tenemos que sumar la necesidad —a veces velada por el amor romántico— de controlar al sujeto de tus afectos: tu novio, esposo, vato, güey o como le llames. ¿Tan frustrante o amenazante es la idea de que alguien más pueda darle el mismo o más placer a tu pareja? ¿Y si de ese encuentro surge una relación afectiva que ponga en riesgo la tuya?: ¡el apocalipsis! ¿Más vale pájaro (tu pareja) en mano que volando en parvada?

Probablemente esto responda al mito de que ser promiscuo no ofrece recompensas afectivas, emocionales, duraderas inclusive. Consideremos algo: promiscuidad no es sinónimo de infidelidad, inestabilidad, baja autoestima, falta de respeto, falta de compromiso, abdicación al amor, ausencia o exceso de lazos afectivos por el compañero sexual en turno, depravación y demás vocablos usados para descalificar o desvalorar a alguien solo por el hecho de tener intercambio sexual con varias personas.

Aunque no sea algo que llame tu atención, ¿tendrías valor para preguntarle a tu pareja si quiere otras parejas sexuales? Si su respuesta fuera afirmativa, ¿qué harías? ¿Es más importante tu ímpetu monógamo o la posibilidad de satisfacer a tu pareja con experiencias sexuales no centradas en ti? Si ambos deciden ser exclusivos mutuamente, ¿cómo lograrán asumir ese compromiso sin vivirlo como un sacrificio de deseos sexuales?

Promiscuidad, complicidad y acuerdos:
«Soy promiscuo. Amo a mi güey. Es mi todo. Pero ambos tenemos esa complicidad de tener sexo con quien sea. Somos una raza diferente. Sexo furtivo tipo ninfomanía. Al final, estamos juntos. A veces lo compartimos, y no permitimos ni que sepan nuestro nombre. Complicidad y acuerdos. Como dos leones machos cazando en la sabana/sábana». Jasso

No ser promiscuo también está bien, mientras sea tu voluntad:
«Cuando estoy soltero, no me dan ganas de acostarme con alguien, no se me antoja hacerlo con alguien que apenas conozco. Eso no quiere decir que no me fascine el sexo. Cada quien hace con su cuerpo lo que le guste y no es asunto de los demás juzgarlo por eso». Kike

«Ser promiscuo no es lo mío. Lo he intentado y me di cuenta de que no tengo lo necesario para serlo […] no sé ligar, no soy atrevido. Tener sexo no es algo primordial en mi vida. Eso no significa que no me lata el cachondeo, pero mis prioridades son otras. Vivo a mi modo, sin perjudicar a terceros. Cada quien como quiera y como pueda». El Perro + Uriel

** Palabras de mi querido amigo Juan Bobadilla, a quien agradezco compartir conmigo su investigación sobre encuentros homoeróticos en Aguascalientes, México.

EPÍLOGO MÁGICO
Cierro mi artículo con este conjuro que escribí para ahuyentar espíritus chocarreros ultraconservadores entrometidos. Úsalo sabiamente.

Soy promiscuo
Es mi vida, no la tuya
Este es mi cuerpo, no el tuyo
¿Te molesta que disfrute?
LIBERTAD

No estoy enfermo
Tampoco obsesionado
No me inquietan tus orgasmos
¿Por qué te incomodan los míos?
LIBERTAD

Trata de detenerme
Critica mis gemidos y fluidos
Yo los disfruto y comparto cada vez más
¿Cuánto crees que me importa tu moral?
LIBERTAD

Soy promiscuo
Me encanta el sexo
Descubro placeres diversos
Esta es mi vida, no la tuya
LIBERTAD

¿Qué opinas?