Nuestro siglo es sin duda la cuna de la digitalización masiva.

Las redes sociales que poco a poco han ido ganando terreno en Internet, vieron nacer muy pronto sitios de contacto entre hombres, donde al principio era sólo texto, acompañado de una imaginación muy fina para intentar visualizar las descripciones que todos hacían en esos chats; cosas como: “alto, moreno, delgado, de labios gruesos y nariz mediana; ojos grandes, cejas pobladas y cabello delgado. Uso lentes y barba”. Lo recuerdo muy bien. Una descripción bastante general que podría describir a un galán o al que estas líneas escribe. Los chats evolucionaron y con la llegada de imágenes, video y otras maravillas que poco a poco fueron conquistando usuarios en todo el mundo, lo que permitió agilizar los trámites para encuentros cercanos, muy cercanos.

Más tarde, no mucho en realidad, el asalto de las aplicaciones de cruising, pareció poner fin a esas páginas, pues los servicios de geolocalización que ofrecen y la facilidad que brinda utilizarlos desde el teléfono celular, permiten encontrar gente muy cerca, muy rápido y sin muchas complicaciones.

Pero a la zaga de la llamada revolución tecnológica, los lugares de encuentro, espacios muchas veces ganados por generaciones, aparecieron y se han mantenido muy discretos, subisistiendo en condiciones a veces difíciles. Sin embargo, a diferencia de las herramientas digitales para encuentros entre hombres, los lugares de encuentro siguen ofreciendo una característica que sus competidoras virtuales no pueden dar: la experiencia en tiempo real, de conocer en el momento a otra persona tal y como es, sin filtros de Instagram.

“La mayoría busca un tipo de personas afín a las convenciones comerciales del deber ser de un hombre, según las normas de las revistas de moda y la televisión”

Desde que surgieron las apps de cruising, han existido campañas que buscan prevenir a los usuarios para que no sean víctimas de algún delito, pues nada puede garantizar que las imágenes y la información de los perfiles sean reales. En otras ocasiones algunos usuarios suben fotos o información que no es del todo honesta, lo que al momento del encuentro puede resultar en una decepción. Sobre este punto es preciso destacar que si se decide abrir un perfil en las apps de cruising, debe considerarse que éstas manejan estándares muy estandarizados, valga la redundancia, sobre el gusto de las personas. La mayoría busca un tipo de personas afín a las convenciones comerciales del deber ser de un hombre, según las normas de las revistas de moda y la televisión. Es quizá por eso que mucha gente en estas apps no brinda información del todo cierta en sus perfiles, por la exigencia de “encajar”. El gusto se vuelve una especie de trofeo, de valorización de los sujetos: por un lado, el que tiene el cuerpo deseado, se valora según la cantidad y el tipo de gente que le busca; por otro lado, quienes buscan a ese ideal, se valoran en medida de la respuesta que pueden obtener de los sujetos que desean. Las apps se convierten entonces no ya en espacios de contacto, sino en instituciones calificadoras. Y aunque en los lugares de encuentro el gusto no cambia mucho, sí los asistentes por lo menos pueden verse como son, sin eso que muchos llaman “producción”, que no es sino el envolvimiento artificioso que se erige para causar asombro, deseo. Sin embargo, las apps ofrecen guardar contactos para otras ocasiones, así como la practicidad de contactar alguien muy cerca de tu oficina o casa, para un encuentro exprés. Hay mayor discreción aquí, en cierto sentido, porque aunque los perfiles son vistos por todos los usuarios de la aplicación, no es lo mismo que ver a alguien conocido en un lugar de encuentro.

En los lugares de encuentro, por otra parte, las dinámicas son más simples, sin velos. Se sabe a dónde se va y cuál es el objetivo de asistir ahí. No hay que hablar, saber a qué se dedica la otra persona, como ocurre muchas veces en las apps de cruising, para decidir si se tiene contacto con otro. En estos lugares se puede tener detalle de cómo actúa la otra persona, cómo es su cuerpo o cómo viste. El factor sorpresa y el morbo de ser descubierto o descubrir a alguien conocido en estos lugares, juega un papel importante en el deseo de asistir o no a estos espacios. No cabe duda que frente a las apps de cruising, los lugares de encuentro permiten el contacto en espacios alejados de conceptos como “lo que se dé” o las conversaciones eternas que sólo llegan, cuando mucho, al intercambio de fotos, que nunca se sabe si son verídicas. Muchos asistentes refieren que los lugares de encuentro son más directos y ahorran tiempo, además de ser más seguros, pues son espacios de alguna manera controlados, cuando se trata de vapores, cines o establecimientos dedicados específicamente al contacto entre hombres. Otros lugares como parques, suelen operar con el factor de riesgo como una constante, lo que para muchos asistentes es un ingrediente extra a favor de éstos.

Es importante mencionar que no todos los lugares de encuentro cuentan con instalaciones cuidadas, por lo que asistir a éstos puede ser desagradable para muchos. Por otro lado, la falta de regulación opera en dos sentidos opuestos. Por un lado, en términos sociológicos, simbólicos, no estar sujetos a una normatividad les dota de propiedades simbólicas que tienen que ver con el escape a la regla, a la norma, al deber ser de la tendencia actual hacia la juridización de las relaciones entre hombres, a través del matrimonio igualitario, que según algunos autores, busca la heteronormalización de la homosexualidad. La clandestinidad, ese ambiente que impera en los lugares de encuentro no regulados, permite una experiencia contestataria ante el orden establecido. Por otro lado, sin embargo, estos mismos espacios la falta de una regulación los puede convertir en presas de corrupción por parte de algunos funcionarios y del descuido por parte de los dueños. Una regulación podría permitir que operaran con reglas sanitarias específicas, así como normas de seguridad, por ejemplo.

Al final, lo importante es ser responsable de tu propia seguridad y de tu salud, por lo que siempre es bueno considerar que cualquiera que sea la opción por la que te decidas, todo debe ser bajo consenso mutuo.

Y cuando se dice todo, es todo. No escatimes en cuestiones de seguridad y si algo “no te late”, haz caso de esas señas. Hace años salió una campaña un tanto agresiva que recomendaba ciertas medidas con los “ligues”. Quizá parte del encanto en ambos casos, apps y lugares, sea la individualidad y el anonimato, aunque quizá no esté de más mencionar a alguien de confianza dónde se está y con quién, si es que se puede.

Finalmente el placer y el libre ejercicio de la sexualidad no están peleados con el respeto hacia nosotros mismos, en todos los sentidos; cuidarse es quererse, y esto no sólo aplica para cuestiones sanitarias, sino también de seguridad, por lo que deberíamos ser más abiertos a confiar a nuestros amigos cuando utilizamos una app o acudimos a un lugar de encuentro, como también podría resultar hacerle saber a los nuestros que cuentan con nosotros para confiar este tipo de actividades, sin morbo ni moralismos, pues estos dos factores son los que muchas veces propician situaciones indeseables. La madurez también está en ver las cosas sin esas cargas burlonas o inquisidoras. Dejemos que los grupos conservadores sean los que se rasguen las vestiduras; nuestra libertad también puede ser aquella que nos permita ver las cosas sin las ataduras de las culpas que han caído siempre sobre los cuerpos y sobre el deseo; nuestra disidencia también puede consistir en la desobediencia a ese orden moral que no nos permite hablar libre y honestamente de nosotros mismos.

Ser francos en una sociedad de máscaras e hipocresía, también es disidencia. 

Y tú ¿qué opinas?