Recuerdo perfectamente mi primer día de gym casi como si fuera ayer:

Han pasado prácticamente doce años desde que inicié  mi vida dentro de los gimnasios. Y la razón era evidente: tenía sobrepeso y necesitaba perderlo a como diera lugar.  Como la gran mayoría de las personas, visualizaba el gimnasio como un lugar inalcanzable en donde había solo gente musculosa en licras color ácido y sudor. Mucho sudor. Y en realidad debo confesar que no fue nada como lo imaginaba.

En primer lugar tomé la decisión de empezar a ejercitarme a principios de año, evidentemente fue después de haber partido la rosca y después de muchos “ahora sí voy a entrar al gimnasio”. Acudí al gimnasio y me topé con uno de los cánceres que considero sigue imperando en casi todos los gimnasios: la cara fría y cruda de la gente de recepción.  Sí, esa señorita que te atiende con un poco de desprecio porque no eres fit  pero sí muy fat. La que te da los informes de manera mecánica y no logra brindarte la seguridad que necesitas para sentirte un poquito menos rechazado por tu falta de forma física. Pero yo ya había tomado la decisión de seguir adelante y esa vez no desistir. Pagué un semestre completo porque además de que me resultaba más económico me haría obligarme a permanecer la mitad de un año de lágrimas, sudor y sangre. Al momento de entrar por el torniquete que da acceso al gimnasio me encuentro de frente un golpe de calor mezclado con un olor bastante peculiar, un olor a hierro viejo y testosterona. Un séquito de mamados, (que ahora que lo recuerdo ni estaban mamados pero ellos en su cosmo universo eran Mister Olympia) en los que al centro se encontraba la persona que hizo que no desistiera, mi entrenador Paco.

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Paco era de estatura media, musculado pero con una sonrisa que hacía que sintieras que tu cuerpo torpe puede transformarse.

Paco tomó mis datos, edad, estatura y peso.

– ¿Cuánto pesas?

– Lo suficiente.

Acto seguido me subo a una báscula y marca 80 kg, que para mis 1.80 parecen ser el peso correcto pero para mi nulo tono muscular apuntan a que soy la suma de grasa, agua y muchos complejos por mi forma corporal.

“-Vas a calentar quince minutos y después vamos a trabajar tren superior.”

Por algo se empieza
Por algo se empieza

Al bajar sentía que ya había perdido la vida pero en realidad apenas comenzaba el verdadero sufrimiento. Una rutina muy básica que me dejó un envaramiento que me obligaba a pedir ayuda a mi mamá para poder quitarme la ropa. Pero yo seguía enfocado en seguir hasta conseguir mi meta, lo siguiente sería un exceso de palabrerías, porque cualquier persona que inicia en el gimnasio sabe que es una lucha constante donde la disciplina, la constancia y sobre todo el coraje de hacer las cosas son las únicas armas que tienes para poder seguir adelante. Lo que quiero lograr con esto es recalcar que así cómo yo, existen muchas personas que quieren pero se detienen. Que antes de intentarlo en su mente ya encontraron todos los “NO” a sus preguntas, cuando por decisión yo busqué todos los “SÍ”.

Sí puedo lograrlo.

Sí puedo bajar de peso.

Sí puedo tener una mejor salud.

Sí puedo recuperarme.

Sí a todo lo que yo me proponga conseguir.

Y aunque parezca banal, uno de los lugares donde pude demostrarme a mi mismo que todo lo que tú quieras lograr se puede conseguir con trabajo duro fue el gimnasio.

Así que si tú estás leyendo esto y estás decidido a hacer algo por tu cuerpo, hazlo, sigue adelante y no desistas hasta que logres tu meta.

Y tú ¿qué opinas?