La llegada de Donald Trump y los ultra-conservadores al poder en E.U. podría poner en jaque no sólo la salud de los estadounidenses, sino también la de millones de personas en el mundo que dependen del dinero que aporta el gobierno de aquel país, en particular para la prevención, el tratamiento y la investigación en VIH. 

George Bush creó en el 2004 el President’s Emergency Plan for AIDS Relief (PEPFAR) que es el mecanismo de financiamiento más grande del mundo para dar tratamiento a personas con VIH en muchos países de África, Asia y el Caribe. Obama no sólo lo continuó sino que lo amplió, dando medicamentos a más de 7 millones de personas al año. Si bien Trump no ha dicho si piensa continuar con este programa, podría poner a cargo de la Agencia para el Desarrollo Internacional del gobierno (USAID) a un oficial que está en contra de la cooperación internacional.

El Fondo Mundial para la lucha contra el SIDA (The Global Fund) también depende enormemente de los recursos del gobierno norteamericano, ya que si bien recibe fondos de otros países como Francia, Japón y los países nórdicos, estos no se comparan a la gran aportación de Estados Unidos. Incluso si no se cortaran los fondos internacionales, podrían ponerse “candados” al dinero para que este no llegue a las poblaciones más afectadas como es el caso de las mujeres trans, los hombres que tienen sexo con hombres, las personas que ejercen el trabajo sexual y aquellas que usan drogas.

Los próximos años también serán difíciles para la investigación, ya que el nuevo presidente y su equipo no consideran relevante el trabajo de los Institutos Nacionales de Salud de E.U. que financian un sinnúmero de investigaciones en todo el mundo sobre VIH. Estos estudios van desde la epidemiología, las ciencias del comportamiento, pero también la virología y las nuevas tecnologías para la prevención por lo que el avance en esta materia podría ser más lento de lo que se esperaba.  Tanto Trump como miembros de su equipo son opositores de las vacunas y en general, de la evidencia científica, lo cual podría crear problemas para la respuesta a las infecciones de transmisión sexual y en otros temas de salud.

¿Y en América Latina nos podría afectar?

Trump ordenando “Aliviar la carga” del Obamacare

Parcialmente, porque algunos países aún reciben dinero del Fondo Mundial (sobre todo en Centroamérica y la zona Andina) el cual como ya dijimos, podría quedarse sin una parte de sus recursos. Pero sobre todo, nos puede afectar porque algunos ultra-conservadores del gabinete como el Vice-Presidente Mike Pence, está en contra de la educación sexual y el uso del condón, lo cual podría provocar que las organizaciones de la derecha tengan más apoyo y financiamiento para promover la abstinencia y la fidelidad como las únicas formas de prevenir el VIH.

Es difícil, por no decir imposible, que las actuales políticas de prevención y tratamiento de VIH en México vayan a sufrir un retroceso como resultado de la administración de Trump, pero en países que dependen de la ayuda extranjera, tanto de gobiernos como de ONGs, puede haber un retroceso, ya que también muchas de las organizaciones internacionales dependen del dinero oficial de E.U.

Los avances en la prevención y el tratamiento de VIH por fin empiezan a ser visibles en el mundo, sin embargo si no se mantienen los esfuerzos actuales, se corre el riesgo de que nuevamente haya un aumento significativo en los nuevos casos y en las muertes relacionadas con el SIDA, las cuales se han estabilizado en los últimos 5 años.

Esperamos que esta pesadilla no se vuelva realidad, sin embargo el panorama no pinta nada bien. 

De entrada, Trump ya empezó a desmantelar el sistema de salud que beneficia a millones de personas de escasos recursos en E.U. conocido como ObamaCare, así que ya empezó a dar señales de que la salud no es su prioridad y también de que quiere desmantelar las políticas progresistas de sus antecesores.

(La información para este artículo fue tomada parcialmente de “What will Donald Trump’s presidency mean for health?” De Martin McKee, Scott Greer y David Stuckler, para la revista The Lancet)