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Estaba quedándome dormido en el jacuzzi de un sauna gay cuando una voz ronca y profunda me sacó de mi letargo. A menos de un metro estaba un anciano, que apresuradamente me dijo: «¡Oye, enséñamelo!». Tardé en reaccionar. La experiencia era nueva para mí.

Platicamos un rato. Confieso que tenía mucha curiosidad por conocer su historia: un hombre de al menos 80 años, 1.90 de estatura, cabellera plateada abundante, musculatura promedio para su edad, ojos verdes como el olivo, arrugas en todo su cuerpo. En sus años mozos debió ser impresionante.

A mí no me interesaba mostrarle más de lo que el agua cristalina y las burbujas dejaban ver, que ya era bastante. Estaba por salir de la tina cuando me dijo: «A mí no me gustan así, como ése, afeminados. A mí me gustan los hombres hombres, como te ves tú, no los mujercitos».

Entrecerré los ojos, mis dientes rechinaron, casi escupo fuego por la boca… ¡Cómo se atrevía a decirme eso a mí, que no soporto la homofobia!

Regresé al agua y le hice una especie de entrevista. Quería llegar al fondo de su rechazo hacia cuerpos y conductas consideradas femeninas en hombres. Las respuestas no tardaron en surgir: se trataba de un tipo nacido en el México posrevolucionario. Desde muy joven, ingresó a las filas del Partido de la Revolución Mexicana, antecesor directo del Partido Revolucionario Institucional (PRI). La historia de su homofobia se torna casi evidente.

En su infancia y adolescencia, su padre “lo educó” a punta de porrazos para hacerlo hombrecito. Jamás en su crianza escuchó algo como derechos sexuales o diversidad sexual. Como estudiante de arquitectura, tuvo que entrarle a juego del macho conquistador de hembras, acosador de maricones. En las filas de su partido político no había cabida para homosexuales. No fue sino hasta hace un par de años que, ya viudo y con nietos, confesó su homosexualidad “al mundo”.

Imagina todas las vivencias que atravesó para formar su identidad como hombre, su masculinidad y su homosexualidad. Piensa en todas las experiencias que se perdió en el camino: jugar con muñecas —o tener que hacerlo siempre a escondidas—, tener un novio en la secundaria o bachillerato, contar con un bff gay con quien hablar de su actual crush, usar el cabello largo y teñido o aretes, asistir a reuniones en las cuales ligarse a otro hombre sin temor de ser golpeado o encarcelado, elegir no casarse —en lugar de desposar forzosamente a una mujer—, ir a una marcha gay en su juventud, eliminar de su personalidad cualquier rastro de debilidad suprimiendo emociones como el llanto o el miedo…

De pronto, ya no estuve enfadado con él. Más bien sentí un poco de lástima, porque desde mi perspectiva, el viejo creció como lo hace un pájaro dentro de una jaula: sin poder usar sus alas a plenitud.

Aunque no lo reconociera, toda su vida estuvo limitado por los barrotes de heterosexualidad obligatoria y el machismo en los que nació y fue aprisionado. Su concepto de masculinidad tradicional contaminó su expresión de género con homofobia —particularmente dirigida a los hombres que no encajan en el estereotipo del hombre hombre—.

Aparentemente hay un consenso en cuanto a que no existe una sola forma de ser hombre. Entonces, ¿por qué seguimos teniendo conflictos personales o sociales cuando un individuo no encaja en los parámetros de la masculinidad y la hombría? ¿Conviene cuestionarnos quién es un hombre y quién no, quién es más hombre y quién menos, quién tiene hombría y quién no? Al respecto, no hay una respuesta unívoca, ya que cada humano biológicamente macho o socialmente designado hombre encarna nociones y conductas de la masculinidad según los contextos en los que se desarrolla.

Una infinidad de características influyen en lo que de modo personal entendemos por masculinidad, por ejemplo, la crianza familiar, el lugar el nacimiento y residencia, usos y costumbres, roles típicamente asignados a los sujetos varones, el modo en que nos relacionamos con amistades o vecinos, nuestra profesión u oficio y el ambiente laboral, etc. En paralelo, ser gay y aprender los códigos de comunicación e interacción con otros homosexuales puede ser un reto, ya que estas dos configuraciones sexogenéricas solían ser consideradas como incompatibles.

Seguiré tratando el tema de hombres homosexuales y masculinidades en futuras entregas. Por lo pronto, cada vez que te topes con otro varón que no encaje en tu modelo de hombría y masculinidad, piensa que sea cual sea su orientación sexual, no todos coincidimos con los modelos creados socialmente para poseer tales características, y que no por ello somos necesariamente más hombres o menos hombres.

EPÍLOGO

Después de un par de tragos y ya con toalla a la cintura, me despedí del anciano con un abrazo y un beso en la mejilla. Insistió en que fuéramos a un cuarto privado. Le respondí que quizá otro día si no tenía inconveniente al estar con un hombre sin repudio por su feminidad y al que le gustaba pasar de vez en cuando por hombre hombre.

Y tú ¿qué opinas?