«Nací para ser un niño afeminado. Mi abuela solía venir a casa y me encontraba arreglado. Así… Me daba nalgadas […]. “Bueno, esto no se hace. Tú eres niño. Quiero que seas mecánico.”. Yo dije: “No, pero yo quiero ser estilista. Yo quiero hacer esto. Y quiero usar esta ropa.”».

Fue inevitable conmoverme al terminar de escuchar esas palabras de Sylvia Rivera, una activista LGBT estadounidense que estuvo presente en los disturbios de Stonewall la noche del junio 28 de 1969. Recordé algunos eventos de mi infancia y adolescencia que ahora cobran mucho significado.

Tenía siete años cuando le pedí a mi madre que me pusiera en las mejillas del colorete que ella se estaba aplicando. Accedió. ¿Qué de malo había en pintarle chapas a su hijo? Diez años después dejé de interesarme en maquillar mis pómulos, y le confesé mi homosexualidad a mi madre. Ella se rehusó a seguir escuchándome. Quería desesperadamente que yo fuera normal.

Por fortuna, mi madre y mi padre nunca me dieron nalgadas para que yo dejara de ser gay —como hizo la abuela de Rivera—, pero no descartaron llevarme con un sacerdote o un psicólogo para que me curaran, entre otros disparates. No los culpo. Reconozco que nuestra ignorancia sobre la diversidad sexual nos llevó a los tres por un camino abrupto durante casi veinte años.

«Siempre fueron el varón femenino o la mujer masculina, eso es lo que la sociedad siempre volteaba a ver. Somos los que salimos y no toleramos más abusos de su parte. No teníamos nada que perder. De hecho, sabes, en ese momento, tú sabes, yo entiendo a quienes agacharon la cabeza, porque probablemente tenías muy buenos trabajos o una familia a la cual regresar.».

Estoy seguro de que mis padres, al igual que la sociedad de la que habla Rivera, temían que yo fuera o me transformara en uno de esos fenómenos cuyo comportamiento y apariencia no coincide con lo que hay entre sus piernas: pene y testículos o vulva. No niego que yo tampoco quería parecérmeles. ¿Quién querría ser objeto de agresiones y abusos por amar o desear a alguien de su mismo sexo? Entre más pudiera ocultar mi homosexualidad, mejor. No podía permitir que mi orientación sexual me alejara de mi familia.

En mi adolescencia, también me aterraban las mujeres con paquete y los hombres con aspecto femenino. A causa de mi crianza como varón hetero, por muchos años me rehusé a ser femenino, y me esforcé por suprimir de mi identidad cualquier rastro de tal característica. Lo único que compartía con las mujeres («normales») era mi atracción por los hombres. ¿Eso en qué me convertía? ¡En fenómeno!

El miedo a ser juzgado, discriminado, insultado, golpeado o rechazado por mi familia y amistades me paralizaba y ofuscaba. Nunca me atreví a tomar de la mano en la calle a mi primer novio. Ni al segundo, ni al tercero, ni al cuarto… Me arrepiento tanto. Prefería ocultarme o pasar por hetero. ¡Qué perdido estaba!

«La sociedad heterosexual siempre observa: “Oh, bueno, un maricón siempre se viste de drag o él es muy femenino”. Tienes que ser quien eres. Ocultarse es como decir que una mujer u hombre de piel negra clara pasan por blancos. Y yo me niego a esconderme. […] Me gusta ser yo misma».

Sylvia no actuó o se vistió estrictamente conforme su sexo biológico, mucho menos intentó lucir o hablar de modo varonil para denunciar los abusos cometidos en su contra por no ser heterosexual ni encajar en sus estereotipos. Nunca pretendió agradar a sus opresores, a sus críticos ni a sus congéneres homosexuales para exigir sus derechos: ¡siempre fue ella misma!

No fue sino hasta hace un par de años que yo comencé vivir mi homosexualidad abiertamente. Vencí prejuicios propios y me enfrenté a los ajenos. Poco a poco fui adquiriendo valor para romper con las ataduras de la crianza heterosexual y los estereotipos de género con los que estaba restringido, entumido, cegado. Ahora puedo hacer algo tan sencillo como saludar en público con un beso en la mejilla a mis amigos gays, tengan o no colorete.

Agradezco infinitamente la valentía y trabajo de personas como Sylvia Rivera, para quienes fue más importante ser honestas consigo mismas y vivir de acuerdo con sus deseos, sentimientos, afectos y necesidades que con las de una implacable sociedad homofóbica —en la que por supuesto también desfilan muchos homosexuales—.

Y tú, ¿realmente eres quien quieres ser?