“¿En serio te gustan los hombres? ¡Qué asco me das!” fueron las palabras que mi padre pronunció cuando le expresé mi gusto por un actor. La atmósfera tranquila, grata, amorosa y segura en la que estábamos se esfumó. En segundos, pasamos de una plática cotidiana al silencio desgarrador.

Publicidad

Sentimientos de enojo, frustración y decepción se mezclan con nostalgia, desesperanza y llanto. El nudo en la garganta es tan doloroso que apenas pasa un poco de saliva. El corazón se encuentra perdido en una especie de limbo, donde palidece y es incapaz de reaccionar. Salir del closet no siempre es sencillo. No para todas las personas.

Hay gente que no comprende dicho proceso: revelar o confirmarle a alguien que tu orientación sexual no es heterosexual. ¡Que te gustan los hombres! ¡Que te has enamorado de uno o varios! Que le has mantenido ocultos tus afectos y deseos homosexuales por una infinidad de motivos, y que eso te provoca tristeza, angustia, inquietud, incertidumbre…

No hay manera en que un individuo heterosexual experimente algo similar simplemente porque su atracción hacia personas del sexo opuesto es lo “normal”, es el estándar en la sociedad. Algo dado por hecho desde el nacimiento en función de los genitales externos.

El monte del pubis, las formaciones labiales y el clítoris son suficientes para asignar y exigir a las hembras humanas que cumplan miles de funciones sociales; el gusto-atracción por los machos humanos es una de las principales. Ellos, al nacer con un saco arrugado con dos bolas dentro y un órgano copulador, el pene, deben gustar de las hembras humanas y sentir atracción erótica hacia ellas. Ésas son las únicas dos opciones en el sistema heteronormativo.

¿Cómo escapar de tales imposiciones cuando desde que estamos pateando el útero de nuestra madre ya se nos han anclado expectativas, actividades y anhelos que no son los nuestros sino los de quien nos engendró: papá y mamá?

La figura materna o la paterna son las máximas autoridades para los hijos. Sus órdenes son incuestionables, casi divinas: “¡Porque lo digo yo!”, “¡Porque soy tu madre!”, “¡Soy tu padre y me respetas!”. Esto último es algo fundamental que algunos progenitores y encargados de la crianza no entienden o ignoran: el respeto se gana, no se impone —ni siquiera a los hijos—.

[Nota al margen] Conforme vamos estableciendo relaciones afectivas, colocamos en posiciones jerárquicas (de autoridad o supremacía afectiva) a ciertas personas. No solo la madre o el padre suelen ocupar ese lugar, puede ser cualquier otro familiar que represente algo valioso, único o especial para ti: abuela, hermano mayor, sobrinos… cualquiera puede personificar a ese alguien a quien no quieres perder o alejar de tu vida si se entera de tu homosexualidad.



En algún momento de nuestra infancia nos reconocemos como merecedores y depositarios del afecto materno, del paterno o de esa figura de autoridad afectiva. ¿Qué ocurre para que su amor y protección cambien por asco —que les provoca la homosexualidad— y violencia?

Decirle a un hijo que su orientación sexual genera asco es violencia. Rechazarlo, humillarlo, castigarlo con golpes o silencio, con indiferencia o chantajes para que deje de ser gay, insistirle en cada reunión que “ande por el buen camino” —y no en uno torcido— o preguntarle “¿Cuándo nos presentas a la novia?” —aún cuando ya sospechan que te gustan los hombres— es violencia.

Lo es porque acciones como esas reúnen las tres características de dicho fenómeno: son intencionales —tienen el propósito de manifestar rechazo a la homosexualidad—, dirigidas a alguien en específico —a ti, como sujeto no heterosexual— y son reiterativas —cada cena navideña o bautizo, cada mañana antes de irte a trabajar o a la escuela, cada vez que se asome en ti algo gay—.

Así es, cuesta trabajo reconocerla o identificarla cuando proviene de seres queridos pero, aunque emanen de la madre o el padre, son violencia. No importa que lo hagan con la mejor intención: su sobreprotección y terquedad al recalcarnos y demandarnos sus expectativas sobre nuestra vida son VIOLENCIA.

El amor y comprensión materno o paterno no son algo natural, como solemos creer. La gente aprende cuestiones de crianza sobre la marcha y con los ejemplos a su alrededor. En ese sentido, ¿qué podemos esperar cuando el respeto y entendimiento hacia la diversidad sexual no son imperantes en las sociedades? ¿Qué aprendieron tu madre y tu padre sobre homosexualidad? ¿Tuvieron educación sexual? ¿Su religión, costumbres, afinidad política, ambiente laboral, relaciones de parentesco y demás características les permiten amarte y respetarte como eres o reafirman su asco hacia ti?

Independientemente de la respuesta, debes estar consciente de algo: ser madre o padre no significa que siempre se tomarán las mejores decisiones. Pero así como de niños aprendemos sobre límites, corresponde a la figura materna y la paterna hacer lo mismo sobre la vida y decisiones de sus hijos. La violencia nunca debe ser una opción para criar, educar o demostrar cariño.

Un hijo no le pertenece a su madre o padre porque le dieron la vida o lo criaron. Un hijo no es un objeto, una posesión, un títere al cual manipular y jalarle las cuerdas para que haga lo que se le indica. Nadie, ni siquiera quienes nos engendran tienen derecho a discriminarnos, agredirnos o menospreciarnos porque nos atrae alguien del mismo sexo.

Por supuesto, es difícil cuestionar o enfrentar a nuestras figuras de autoridad o supremacía afectiva, pero cabe reflexionar sobre el motivo que nos mueve a acostumbrarnos a los nudos en la garganta en lugar de externar quién somos, sin tapujos, sin máscaras. Evitar volvernos agresivos al defender nuestra identidad y homosexualidad puede ser un reto extenuante, pero no imposible de lograr.

EPÍLOGO HOMOSEXUALIZADOR

Dedicatoria para Yafat (por su confidencia y sugerirme el tema), Iris Vera (por su amor y apoyo cuando estuve en el limbo y sacarme de él) y todas las personas que respondieron amablemente a mi llamado en mi blog de feisbuk: «La persona con la que más trabajo me costó salir del closet fue».

Durante 10 años, busqué formas de demostrarle a mi madre y mi padre que a pesar de ser gay, no era menos merecedor de su cariño y respeto. Me iba a la cama con lágrimas en los ojos soñando con el día en que me dijeran: “Te amamos tal como eres”. Amanecía con los párpados como de Rocky Balboa pensando que algún día todo mejoraría. Me aferré tanto a obtener su aprobación que me olvidé de lo más importante: del amor propio y del trato digno que no me podían condicionar.

Y tú ¿qué opinas?