Libertad de mente y cuerpo… o la castración de la mente y cuerpo. Como sea que lo vean y vivan. 

Lo que a continuación presentaré podrá ofender a más de uno, pero créanme que no es la intención, y que tiene todo que ver con la sexualidad y la libertad de ejercerla.  Una opinión personal, se vale estar en desacuerdo, comenten.

La religión organizada es la mayor fuente de odio en el mundo. Eso es lo que afirmaba el difunto escritor Christopher Hitchens. No es sorpresa que el lugar más inestable del mundo sea también el epicentro de las religiones monoteístas. Y antes de que me mencionen a los budistas, dejémoslos como practicantes de una filosofía, así que no cuentan para esta reflexión. O antes de que me nombren a dictadores ateos que perseguían o persiguen a fieles, sepan que también los gobiernos pueden incurrir en métodos y sistemas totalitarios y tiránicos que castigan lo que dices, lo que comes, con quien duermes o lo que piensas, como sucede en Corea del Norte. Suena muy al estilo de la religión organizada para mí.

Tampoco es de sorpresa ver que en las sociedades más conservadoras, la sexualidad está castigada. Los derechos de la mujer y de la comunidad LGBT suelen ser los más reprimidos. El destino y el ciclo reproductivo de la mujer está condenado a la voluntad del hombre, mientras que la comunidad LGBT es perseguida y muchas veces condenada. La liberación sexual que se vivió en la segunda mitad del siglo pasado vino a darle un golpe a las puritanas costumbres y valores que nos han sido impuestos desde que inició el pleito de bienes raíces en el Medio Oriente.

Al rededor del mundo vemos los efectos culturales negativos que implicó la violación y saqueo de nuestros pueblos por los imperios europeos. El uso del cuerpo de la mujer como mera garantía de continuidad del linaje para proteger patrimonios es la esencia de lo que hay detrás de la supuesta “virtud” de llegar virgen al matrimonio. La necesidad de perdurar como pueblo ante la eterna persecución es lo que hay detrás de la condena de las religiones judeocristianas de la homosexualidad, por no procrear. El Islam en sus inicios fue pionero en el impulso del rol social de la mujer, pero ahí se estancó; hoy vemos la ironía de ver a Arabia Saudita presidiendo la Comisión de Mujeres en las Naciones Unidas mientras que en el reino es ilegal para más de la mitad de su población manejar o incluso votar. Chechenia, la república miembro de la Federación Rusa con mayoría musulmán, persigue y tortura a sus ciudadanos gays mientras que las familias de las víctimas terminan el trabajo sucio asesinándoles para “restaurar el honor”. En países más liberales como en México y Estados Unidos vemos que existen muchos jóvenes LGBT en situación de calle por haber sido echados de casa por sus propias familias. ¿Será acaso la fuente de esa discriminación y opresión diferente sólo por la geografía? Lo dudo.

Lo anterior no constituye un agravio a la libertad de credo de quien se pueda sentir ofendido. Eso es lo bello de vivir en países donde se proteja lo que cada quien decida creer, pensar y decir. Eso sólo ocurre en sociedades seculares. Tampoco quiere decir que la gente creyente no sea capaz de encontrar inspiración en su fe para hacer lo moralmente correcto, del mismo modo que aquellos que nos identifiquemos como ateos o sin religión no estamos exentos de cometer errores o incluso atentar contra los demás. Precisamente la moral precede a la religión e ideología.

Lo que no se vale es que el opresor le juegue a la víctima. Que quien invoca principios sociales basados en libros de la Edad de Bronce para quitarle el derecho de la autodeterminación a otros diga que son discriminados.

La religión fue nuestro primer intento de explicar el mundo, nuestra primera versión de la filosofía, astronomía, arquitectura y gobierno; por ello es nuestra peor versión. 

Esta conversación es importante tenerla, no por el afán simple de descalificar aspectos que para muchos son sagrados, sino para darle su justo lugar a los prejuicios e ideologías en el debate de los Derechos Humanos. Del mismo modo que es vital impulsar a las voces moderadas dentro de las comunidades religiosas, especialmente en el Islam, que reconocen la urgencia de quitarle el monopolio de relaciones públicas al Estado Islámico.

No hay nada más peligroso que vivir en absolutos, decir que se tiene toda la verdad. Es conformarnos con una visión simple y opresiva del mundo. La ciencia es de lo más noble que existe, porque se intenta probar como errónea todo el tiempo para encontrar una mejor explicación de nuestro entorno y de nosotros mismos. No es coincidencia que los países con índices de mayor felicidad en sus ciudadanos son aquellos que son los más incluyentes con la comunidad LGBT y los que más empoderan a la mujer. Son los más seculares y culturalmente diversos.

El secreto está en no tornarnos la religión tan seriamente. Y ya muchos lo hacen. La mayoría de los católicos se masturban, se divorcian y tienen relaciones sexuales antes del matrimonio. Cuestionemos, informémonos y mantengamos el diálogo antes de lanzar absolutos y condenar al otro por no rendirse a una ausencia de lógica. No nos deslumbremos por promesas de recompensas de una vida eterna, y mejor permitamos maravillarnos por lo que los sentidos puedan registrar, por todo lo que aún nos queda descubrir y construir.