Me encanta el sexo. En pareja, en tríos, en orgías. En privado y en público. Siempre traigo a la mano un condón.

En realidad, muchos de ellos. En todos lados siempre estará la posibilidad de un acostón. He cogido con tantas personas que me es imposible calcular el número de compañeros sexuales que he tenido a lo largo de mi vida. Sexo entendido no sólo como vehículo de expresión afectiva -que lo ha habido-, sino primordialmente como simple y llana búsqueda de placer.

Soy “promiscuo”.  Aunque no soy yo el que se ha colocado esa etiqueta. Eso es algo de lo que se han encargado los demás.

Michael Warner, en su libro The trouble with normal, dice que como consecuencia del fracaso de no poder controlar nuestra propia vida sexual, casi todos tarde o temprano terminamos por querer controlar la ajena. La mejor forma de lograrlo es a través del moralismo y su arma más efectiva: la imposición de la vergüenza.

Entre tantos acostones hay enseñanzas. Una de ellas es que cuando te dedicas a tener sexo con muchas personas aprendes a distinguir entre sujetos morales y moralistas. Los morales  asumen las consecuencias éticas de sus actos: con quiénes se acuestan, por qué y cómo lo hacen, qué riesgos asumen y cuáles habrán de negociar.  Los moralistas te imponen su visión del bien y del mal mediante el chantaje y el miedo (al castigo divino, a las enfermedades y al rechazo social).

Concebir la promiscuidad como el tener sexo con muchas personas en poco tiempo tiene tal carga de moralismo y miedo que la definición apenas si se sostiene por subjetiva.

Los criterios con los que se establecen las escalas de lo mucho y lo poco son siempre un enigma.

Busco sexo en todos lados. Soy usuario frecuente de apps como Manhunt. Mi presencia permanente en ellas me ha hecho  ser parte, como objeto de exhibición, de ese extraño fenómeno homosexual ultraconservador en el que en cuentas de Twitter y Facebook usuarios anónimos -a manera de justicieros moralistas- se dedican a la exhibición de  perfiles de manhunters para someternos al escarnio y al linchamiento públicos por el hecho de que seamos tan “putas”.
Miembros erectos, culos al aire, rostros en público. Los elegidos somos quemados en una hoguera virtual:  un recordatorio edificante para quienes necesitan el pánico para portarse bien.

Slut-shaming*, le llaman.  Te lo ganaste por zorra. Castigar al promiscuo mediante la imposición de la vergüenza.

No hay diferencia alguna entre el entusiasmo linchador de estos homosexuales y el del cardenal Norberto Rivera cuando afirma que la Iglesia no nos condena como personas sino que lo que repudia son nuestros actos. Hay que ser gays pero no tener sexo entre nosotros.

El contrasentido de que los homos  nos descalifiquemos llamándonos putas está en querer ser parte de la misma moral misógina y homofóbica que nos desprecia. ¿Pues qué no la libertad se trata también de tomar decisiones autónomas sobre nuestros cuerpos? El verdadero enemigo vive en nuestra cabeza: disfrazado de homosexual ávido de aceptación; temeroso de perder el control de su cuerpo; vigilante de no convertirse en la nueva zorra de la manada; señalando  los límites tolerables de nuestro comportamiento; susurrándonos cómo conducir el deseo -la raíz del mal- hasta extirparlo para ofrecer versiones desexualizadas de nosotros; comportamientos que poco a poco nos sitúan en el lugar que nos corresponde: sujetos que no merecen la aprobación.

Por mi parte quiero más sexo. En todo momento. Con muchas personas.

Es un asunto de libertad.

Dicho lo anterior:
MANDEN NUDES.

*Slut-shaming es el término con el que se nombra al acto de llamar puta a una mujer con la intención de reprobar su vida sexual. Se aplica también para insultar a los homosexuales considerados promiscuos.

**Por si te interesa saber más:

The trouble with normal es un libro escrito en 1999 por Michael Warner. En él advierte de las consecuencias de la “normalización” de los homosexuales mediante el matrimonio, el pánico moral y la vergüenza sexual.

¿Qué opinas?