Se han organizado para marchar, para “defender a sus hijos”, para defender a “la familia”, para externar “su opinión” como una libertad y un derecho en el que juran que no hay violencia ni homofobia, sino una ley establecida por un dios al que pintan bondadoso.

“Amamos a los homosexuales y a las lesbianas, porque viven en pecado y necesitan del amor de Dios (o de Cristo) para darse cuenta que están en un error, esto no lo decimos nosotros, lo dice la palabra de dios, escrita en la Biblia”.  Pues bien, a través de la historia, argumentos tomados del Viejo Testamento, Nuevo Testamento y la Teología cristiana, han “justificado” el uso de la fuerza contra personas consideradas pecadoras y enemigas de Dios. No podemos ignorar sucesos como la inquisición, las cruzadas, las guerras por religión y el antisemitismo, tampoco a los “papas guerreros”, el apoyo de la Iglesia a la pena capital, la violenta y genocida colonización y evangelización, la justificación bíblica de la esclavitud y la violencia hacia la mujer. Vayamos entonces a tres conceptos que la religión ha procurado, cuidado y fomentado a lo largo de la historia, y que son por sí mismos violencia hacia grupos poblacionales: la pobreza, el racismo y el sexismo.

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La Santa Inquisición

Desde este punto de partida, aquellos que “defienden la familia natural” no pueden argumentar que es una opinión, porque las opiniones son estrictamente selectivas y por lo mismo, pueden ser homofóbicas, violentas, agresivas e hirientes. Los resultados de “una opinión” han desatado muertes, guerras, holocaustos y violencia hacia aquellos que no la comparten.  Estas opiniones están en el mismo espectro de las que años atrás fueron enfrentadas con muerte y sangre:

“Las mujeres no tienen los mismos derechos que los hombres, porque no tienen la capacidad de pensar, todo aquello que suceda fuera de la casa es inentendible para ellas”, “los negros no son ciudadanos con derechos civiles, están hechos para ser esclavos, para venderse y tratarse igual o peor que a los animales”. Para aquellos que forman parte de este frente hay una serie de cosas que no deben olvidar:

La primera es, que no son sus familias, ni sus niños. Durante la historia de este país, el problema del abandono, la explotación y la esclavitud sexual infantil ha persistido sin que ustedes lleven a cabo marchas a favor del rescate de este grupo vulnerable de la sociedad. No pueden venir ahora a intentar “salvar” de las manos del pecado algo que han ignorado por años, han vivido pagando un tributo religioso que suaviza las dolencias espirituales, haciendo más ricos a unos e ignorando a otros. Es por completo incoherente y opuesto. Y en todo caso, a todos nos corresponde meternos con la idea arcaica de familia, con la educación de las nuevas generaciones, procurar el cambio hacia un horizonte mucho más favorable para los que formamos esta sociedad.

Si su conflicto radica en el término “matrimonio”, déjenme decirles que las construcciones sociales respecto a la gramática han sobrepasado las raíces y su significado. Si consideran que “matrimonio”, por su origen relativo a la madre, es equívoco en las uniones igualitarias, ¿por qué no los veo quejándose porque su salario les llega en moneda nacional y no en sacos de sal?. O a la hora de la herencia, ¿por qué exigen los bienes de la madre, si al final lo que se disputa es el patrimonio? Evidentemente, argumentar desde las raíces etimológicas que algo no debe ser llamado de tal o cual manera es inoportuno y poco inteligente.

Si la unión entre personas del mismo sexo no está bien vista por el dios al que le profesan su fe, déjenme decirles que nadie de la comunidad LGBT+ está buscando injerir en sus rituales espirituales. No se le ha exigido a la ley que modifique la manera en la que las religiones llevan a cabo sus uniones matrimoniales, no hay una propuesta de inclusión de personas LGBT+ a las bodas católicas. ¿Por qué? Porque el entendimiento de las uniones de personas del mismo sexo va más allá de un “hasta que la muerte los separe”, tiene que ver con igualdad de derechos para ciudadanos que aportan de la misma forma que los demás a esta comunidad, que pagan sus impuestos, que construyen y generan movimiento en todos los espectros que conforman este país. Esta unión no sólo reconoce el derecho de dos personas a compartir sus vidas y a amarse, avala todos los beneficios que los heterosexuales tienen sin cuestionarse, sólo por ser heterosexuales. Una marcha en contra, no se queda en la idea de la libertad de expresión, trasciende hasta el ámbito de la violencia y el atentado contra los derechos humanos de una minoría. Recordemos que la misma Iglesia Católica estuvo en contra del matrimonio civil entre personas del sexo opuesto (hombres y mujeres) utilizando argumentos tremendamente parecidos a los que establece actualmente contra los matrimonios igualitarios.

Y tú ¿qué opinas?