“Can you imagine a love that is so proud?
It never has to question why or how”
Placebo. Loud like love.

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De la adolescencia recuerdo el ruido externo. El barullo de las fiestas. De las pláticas con los amigos, con la voz continuamente en grito porque hablar era imponerse. Monólogos disfrazados de conversaciones urgentes, inarticuladas y confusas. De los pasos con prisa por llegar a ningún sitio con tal de no quedarse quieto, de no dar tiempo al descanso, porque como decía Cesare Pavese en El bello verano, “dormir era un desperdicio que le robaba tiempo a la alegría”.

También recuerdo el ruido interno. El estruendo de las emociones contradictorias al atropellarse unas a otras, violenta y estrepitosamente. El crack de los ideales al fracturarse cuando la realidad irrumpía. La angustia de no pertenecer a ningún sitio y luego, al minuto siguiente, sentirse pleno.

Ser adolescente era como tener una lista de reproducción interna puesta en modo aleatorio. Una canción de tristeza seguida de otra de felicidad. Después rabia, entusiasmo y al final pesadumbre. Volver a empezar.

Con el ruido estaba la música. Omnipresente. Era el vínculo con el mundo, la trinchera y el arma. Con los audífonos puestos para callar las voces adultas  (los padres, la escuela, la religión…) y sus decretos fascistas que chocaban con la revelación de las descargas hormonales: que ser persona también es ser la carne que cuando arde desobedece. Siempre había alguna canción con la cual atravesar ese campo minado que es la adolescencia de un homosexual y con ella parapetarse de los prejuicios camuflados de consejos en los discursos de los mayores.  Si había que aprender a vivir en los márgenes, al menos que fuera con música.

Todo lo atravesaba la furia porque el mundo era detestable con sus reglas idiotas para controlar los cuerpos y la libre expresión de los deseos y de los sentimientos. “Los varones deben vestirse como hombrecitos; las hembras como mujercitas”/“Prohibidas las muestras de afecto en el interior del plantel”, nos decían en la escuela los maestros mientras, decepcionado, veía como los compañeros se rendían domesticados con la monserga.

Cuando los adultos hablaban de homosexualidad, lo hacían desde el escarnio por lo que era mejor que mis asuntos de amor y de sexo se mantuviesen en el secreto.

¡Qué fácil olvidamos aquellos tiempos de encierro y de homofobia quienes llevamos ahora vidas tranquilas fuera del clóset! ¡Con qué desdén miramos a quienes se encuentran en esa circunstancia!

Llevo diez años trabajando con adolescentes. Ya no vivo la angustia de la pubertad pero la percibo en las narraciones de vida de mis alumnos, especialmente en la de los homosexuales. Hace poco, por ejemplo, dos estudiantes lesbianas fueron sacadas del clóset contra su voluntad ante sus padres por un docente del instituto en el que trabajo. La intervención de las autoridades fue tardía e  insuficiente. Por mucho que lo intentamos, la madre de una de ellas -al enterarse de su noviazgo-, le negó todo apoyo y la dio de baja definitivamente.

Tuve la oportunidad de hablar con la alumna antes de que se fuera.  Me contó del acoso sutil y progresivo dentro del salón de clases por parte de algunos maestros; de la vigilancia permanente y del penoso interrogatorio al que la sometieron en casa respecto a su vida privada; de la ansiedad de no poder expresar su afecto en público; de la duda sobre si sentirse orgullosa o avergonzada de lo que sentía por su compañera.

Estaba enojada y triste. Sólo quería encerrarse en su cuarto para escuchar música hasta quedarse dormida y así aliviar el aturdimiento.

Escribo todo esto para ella, porque sé que me lee, pero también para todos aquellos homosexuales, que sin el apoyo de la familia y  de la escuela, sienten la tentación de replegarse y de rendirse al anestesiamiento de la vida adulta:

RESISTE, NO CEDAS, PELEA

para que con el paso del tiempo, cuando los sucesos anárquicos, aleatorios y caóticos de tu adolescencia cobren sentido, el ruido de tu cabeza desaparezca; la furia te de una tregua; la música permanezca; y tu voz interna te diga firme, clara y segura:

ESTOY [email protected]

(Por si te interesa:

  • El bello verano es una novela escrita por Cesare Pavese en 1949. Narra el paso de la adolescencia a la edad adulta de Ginia, una joven turinesa que trabaja en un taller de costura.
  • La 1a. Encuesta Nacional sobre Bullying Homofóbico de ADIL proporciona datos muy interesantes sobre la violencia escolar en México.)

Y tú ¿qué opinas?