Soy malo para ligar heterosexuales. No soy paciente. Me faltan la destreza, conocimientos y técnicas que hacen de la cacería de bugas un oficio en toda regla.

Lo que sé de la dinámica se debe a las confidencias de los conocidos: que los baños de vapor y los cines porno son los mejores lugares para pescar maduros casados; que hay que saber interpretar sus miradas en los urinarios públicos; que es preciso adularlos constantemente para masajearles el ego (como cuando te mandan fotografías de su verga en plan de amigos para que les des tu opinión sobre su tamaño); que un cartón de cervezas es fundamental para enredarlos en la telaraña de la seducción, etc.

Tener sexo con un hetero es el sueño húmedo de muchos homosexuales.

Al menos de los que conozco. Concretarlo es el pase automático al cuadro de honor gay.

Lo que me llama la atención de este asunto es que al analizar los diferentes relatos épicos de los cazadores de heteros salen a la luz las limitaciones con las que abordamos la sexualidad en contraste con la fluidez con la que la viven los hombres que tienen sexo con otros hombres sin que por ello éstos se autodefinan como homosexuales.

Me estoy chingando a un buga*”, me dijo, por ejemplo, hace poco un amigo. “Tiene esposa e hijos. Ahora yo soy el activo”. Chingando como quien somete a alguien. Cuando un homo se come a un heterosexual lo que te presume es un botín de guerra: un objeto que ha sido dominado. Parte del deseo es eso: subvertir el orden simbólico -según el cual, entre otras cosas, concebimos lo masculino y lo femenino- y arrebatar el poder. Por eso es tan importante alardear cuando se logra ser el activo: ser pasivo tiene sus méritos pero el que chinga es doblemente chingón porque  en el colchón ha puesto patas arriba no sólo al sujeto encamado sino sobre todo al sistema. Una revancha sexual contra el yugo hetero.

Lo de las esposa e hijos son puntos extra. Por un lado, porque un buga casado representa un modelo de masculinidad intacto, ajeno a las mañas y malas costumbres que los homosexuales reprobamos del ambiente.

Hay pocas cosas que le parezcan tan sospechosas a un homo como aquellas que han sido tocadas y domesticadas por otro gay.

Por el otro, porque en una cultura telenovelera como la nuestra jugar a la amante  que le va a dar lo que su mujer no le da multiplica el deseo al ser una puñalada contra el conservadurismo opresor. Con ello se completa el cuadro triunfal del glorioso poder corruptivo del imperio multicolor.

Cogemos con signos: lo que cada persona representa para nosotros. Los cuerpos que nos llevamos a la cama son siempre promesas. De felicidades y de placeres; de venganzas y de dominación.

Es aquí donde se revela la farsa de la dinámica de los homosexuales que desean a los heteroflexibles ya que suele finalizar con varias traiciones. Los cuerpos de los bugas conquistados son también la promesa de una redención: sus prácticas sexuales suelen ser comprendidas por su cazador como las de homos closeteros que necesitan de la ayuda de un buen samaritano que les abra los ojos y los libere de su prisión.  “El buga que me chingo es puto pero no lo sabe. Afortunadamente yo lo sé lo suficiente por los dos“. Los cazadores pasan entonces de la transgesión inicial de ser la amante pervertidora a la ñoñez de la madre salvadora que, amor de por medio, les abrirá las puertas del cielo homosexual, aunque ello implique  la destrucción de la belleza de la heterosexualidad que inicialmente les atrajo.

Normados por modelos convencionales, nos es difícil concebir que haya heterosexuales que se satisfagan sexualmente así: indiferentes del objeto de su deseo, sea este hombre o mujer. Ajenos a la rigidez de las categorías sexuales, su identidad fluye de un lado al otro en un amplio espectro sin que las prácticas los definan. Van y vienen sin cuestionamientos. Pero el homosexual que los desea NO, porque las identidades sexuales que no están fijas para él no tienen perdón.  La subversión aparente del me chingo a un buga es traicionada por el mismo subversor que se dará entonces a la tarea de mantener ese orden conservador en el que sólo hay de dos sopas: o se es homosexual o no.

Burladores burlados les dicen en esta representación.

Que caiga el telón.

*Por si te interesa:

-En el argot mexicano, buga significa heterosexual. Chingar, tener relaciones sexuales.

-Dos novelas iberoamericanas acerca de homosexuales que seducen a heterosexuales: Fruta verde de Enrique Serna (México) y Los amantes búlgaros deEduardo Mendicutti (España).