Mi proceso de salir del clóset como gay significó salir también del clóset como ateo. Para conciliarme con mi sexualidad, perdí la fe en el camino. Lo digo como algo positivo.

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Fui educado como católico, de padres que se conocieron en el coro de la iglesia, y que si bien después de haber yo cumplido ocho años nuestra vida familiar no estaba tan conectada con ir a misa todos los domingos, definitivamente era algo cercano. Muchas de mis memorias de mi infancia en estos círculos religiosos son felices, pero cuando entendí que mi sexualidad no era socialmente aceptada, todo cambió.

Viví muchos años queriéndome convencer de que podía cambiar y ser lo que los demás esperaban de mí. Tuve etapas de auto-aceptación y rechazo a lo largo de mi adolescencia. Cada mala racha tenía que ver con lo que creía yo que Dios esperaba de mí y la culpa regresaba con más fuerza.

Mi primer epifanía ocurrió cuando tenía trece años. Un domingo en el que mi padre nos llevó a mis hermanos y a mí a pasear por el Centro Histórico de la Ciudad de México, sobre la calle de Madero me percaté de un tumulto, de miradas llenas de sorpresa, rechazo y morbo de parte de los peatones. Cuando pude ver lo que la gente juzgaba, sentí un vacío en mi pecho. Se trataba de una pareja gay que caminaba de la mano, un acto de desafío en ese entonces.

Cuando los vi pasear, entendí muchas cosas: que no era el único, que se podía estar en pareja, pero sobre todo entendí el rechazo que me esperaba, juzgando por la reacción de todos a mi alrededor. Pero lo que no entendía en ese momento era que el mayor reto y rechazo que encontraría más adelante vendría de mí mismo, de mis creencias y estigmas que había heredado.

Cinco años después, me encontraba por entrar a la universidad. Siempre fui tímido, inseguro y muy hogareño. Tuve grandes amigos y pese a mi descripción anterior era social con quien me sentía seguro, pero había desarrollado la habilidad de ser hermético. Podía ser amigo de muchos pero realmente nadie me conocía. La universidad me significó una oportunidad de, por primera vez en mi vida, obligarme a salir de esa burbuja que había creado a lo largo de mi adolescencia. El costo fue estar lejos de mi familia, pero tenía que hacerlo para encontrar esa paz que tanto anhelaba pero que la culpa católica se aseguraba en hacerla cada día más distante.

Mi segunda epifanía fue cuando del libro “The Commitment” de Dan Savage, quien dentro de un año fundaría It Gets Better en 2010, leí su reflexión de haber entendido que él no estaba mal por ser gay, sino su iglesia era quien estaba en un error (creció también como católico). Una vez que partes de esa conclusión, en un mundo en dónde te enseñan a no cuestionar las doctrinas, terminas por poner en tela de juicio cada una de las cosas que viste en catequismo hasta llegar a la pregunta más emblemática de todas: ¿Existe Dios?

El haberme atravesado con autores como Christopher Hitchens, Richard Dawkins, Sam Harris y Daniel Dennett me ayudó a emancipar mi mente de todo tabú. Lejos de sentir miedo al entender la diferencia entre la fe y la realidad, de ver lo insignificante y efímera que es nuestra existencia, sentía que la culpa se disipaba cada vez más. El entender que no hay evidencia que pruebe lo que las religiones aseveran y que no está en mí en comprobarlo (sino en los creyentes), me liberó de la responsabilidad teológica que nunca pedí. El entender que no hay evidencia alguna de un ser que me castigará por amar a personas de mi mismo sexo, me regaló la verdadera libertad de albedrío. El entender que mi naturaleza sólo es y que ser gay no me hace ni mejor ni peor persona que el resto, me dio la paz que buscaba. Esa fue mi tercer y última epifanía a la fecha.


Perder la fe no fue fácil de asimilar. La fe te hace sentir especial, que alguien tiene un propósito para ti. Te da consuelo porque esperas volver a ver a aquellos que amas después de la muerte. Detiene tus instintos vengativos porque confías en que habrá justicia para todos. Y cuando separé mi necesidad de trascendencia de los hechos, tuve un proceso de duelo. Había perdido el propósito, consuelo y el sentido de justicia con el que había sido educado.

Sin embargo, tal perdida me permitió reconstruirme. La moral precede a la religión, y con ello en mente me replanteé mi propósito, consuelo y sentido de justicia. El propósito me lo doy día a día. El consuelo me lo da saber que con lo que hago trascenderé, así como sé que la mejor forma de revivir a quienes se me han ido es vivir bajo sus enseñanzas y memorias. Mi sentido de justicia lo cubro con estar involucrado en causas humanitarias, trabajando para que todo mejore.

Nada de lo que me vendían como recompensa en el más allá supera las maravillas que tenemos frente a nosotros. Ningún paraíso empaña al lente del telescopio Hubble, ni ningún amor de un Dios al que hay que temerle supera el amor que he forjado con mi familia, amigos y actual novio. No permito que me cataloguen como pecado, ni permito que me quieran revender una moral de la Era de Bronce.

Ese domingo a mis trece años, cuando me di cuenta que no estaba solo, con el dinero que mi padre nos había dado para gastar, me compré un anillo poco usual para marcar ese momento, que cargaría en un collar por dos años hasta que pude usarlo sin que lo perdiera.

En los momentos más complicados, mirar a ese anillo y recordar lo que vi y sentí ese día me dio más fortaleza de lo que cualquier rosario pudo darme.

Alex En una tarde de domingo, a mis 13 años, me encontraba con mis hermanos y mi padre paseando por el Centro Histórico de la Ciudad de México. Íbamos caminando sobre la acaudalada calle de Madero cuando me percaté del morbo con el que la gente empezaba a mirar algo que se movía cerca de nosotros. Ese algo resultó ser una pareja gay que caminaba de la mano, seguramente consciente de las miradas pero sin inmutarse, disfrutando de su paseo y notablemente felices. Fue entonces que entendí que aquello que sentía tenía nombre; que al parecer, era posible ser feliz, amar y ser amado. Pero al ver la reacción de la gente y de mi propia familia también entendí que no era el momento de decir lo que sentía; de decir que había encontrado personas como yo. Fue así como, con los 200 pesos que mi padre nos había dado a cada uno para chacharear, decidí comprarme algo que me recordara aquel día, de lo que había visto y entendido; que no estaba solo y que me diera fuerzas en los momentos difíciles. Es desde entonces al día de hoy, a mis casi 27 años y viviendo con mi novio, que sigo usando este anillo de plata. #LGBT #RostrosDiversos #IDAHOT

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