Como país, México es centralista.

Los tres poderes federales, misiones diplomáticas, grandes corporativos y las agencias internacionales de sociedad civil y medios tienen base en la Ciudad de México. Naturalmente la mayoría de los eventos, apoyos e iniciativas para y dentro de la comunidad LGBT se dan en la capital.

No es un problema de nuestra comunidad sino de cómo funcionamos social y políticamente, pero se vuelve un problema para nosotros cuando dejamos que eso condicione cómo atendemos a nuestras poblaciones, nuestro cabildeo y la construcción de redes. Todo esto nos da la sensación de que lo que pasa en la Ciudad de México tendría que permear al resto del país, lo cual está muy lejos de la realidad, pero sobre todo, lejos de ser la estrategia correcta.

No pretendo saber cómo es la situación en todo el país porque sería cometer el mismo error que critico aquí; nos tocará escuchar las experiencias y la historia de cada rincón del país para apreciar cómo hemos avanzado, quiénes son las personas que han hecho que todo mejore y cuáles son sus pendientes y prioridades (si, la agenda LGBT se ve distinta dependiendo de dónde te encuentres). Como Coordinador Nacional en It Gets Better México he tenido la oportunidad de ver a través de los ojos de mi equipo en distintas partes de México cómo se moviliza nuestra comunidad, pero de lo que hablaré aquí es de mi experiencia cómo activista LGBT siendo un chilango en Yucatán, o como nos dicen acá, un huach.

A mis casi dos años de vivir en la bella y segmentada Mérida, he experimentado una calidez y fraternidad de parte de colegas, y en gran parte creo fue así porque no llegué con actitud impositiva, de decirles cómo hacer las cosas (sí, así nos las gastamos los chilangos). Mi acercamiento siempre ha consistido en escuchar, sumar y opinar, y creo que eso me lo agradecen. He de admitir que en los momentos en los que salía del clóset como chilango veía como algunos alzaban cejas. Yucatán tiene un ambiente muy político, muchos están dentro o conocen a alguien en la política y si prestas atención escucharás apellidos que significan alcurnia. El grado de separación aquí no es de seis grados, sino de tres o menos. Esto puede jugar a tu favor o en tu contra, y para mi ha sido en ambas.

A menos de un año de haber llegado, que me mudé a Mérida porque encontré marido, se me abrieron las puertas en Cadena Rasa, una empresa que tiene concesionada varias emisoras de radio, parte de Sistema Rasa, la cual es de alcance nacional. Como proyecto con mi pareja iniciamos La Jaula, un programa de radio LGBT para Yucatán. No fuimos los primeros, pero si los que más fuerte pegamos, y cuando lo personal es político en una sociedad politizada, no fue sorpresa ver que no tardamos mucho en incomodar a más de uno. Ni los seis meses cumplimos al aire cuando nos avisaron que nos caía la guillotina. La familia Laris, socios mayoritarios de Sistema Rasa, grandes benefactores de grupos anti-derechos en México, tardó en darse cuenta de que su enemigo ideológico estaba en casa, y hasta que al pariente incómodo le incomodamos, tuvimos una breve pero extensa exposición en la estación más escuchada del estado.

Eso me llevó a conocer a grandes personas, activistas, académicos y empresarios que desde hace mucho llevan trabajando por nuestra comunidad.

Fue a través de todas estas personas que invitamos a La Jaula (la cual aún transmitimos por Internet) que entendí que cada lugar tiene su propio ritmo, sus propias prioridades, y su propio lenguaje. Por mucha globalización que exista no podemos medir a todos con la misma vara. La presión de afuera puede ayudar pero no resuelve lo inmediato de lo local. Me ha tocado ver cómo es que gente de fuera viene a mover el tapete, esperando ayudar, pero dejan atrás a los activistas locales con las repercusiones inmediatas, sin acompañamiento.

Como comunidad nos hace falta voltear a ver y acompañar a nuestros colegas en los estados vecinos, así como rescatar nuestra historia. Es lamentable que desconozcamos a nuestros predecesores, que no se le dé su justo lugar en la historia LGBT al movimiento Trans, y que iniciativas en pro de nuestra comunidad pierdan continuidad por falta de apoyo. Si atendemos esto, poco a poco nuestras redes serán lo suficientemente fuertes para apoyar a quien más lo necesite sin importar dónde se encuentre.

Y para los que somos chilangos, ojalá haya un mejor acompañamiento a nuestros colegas de fuera.

Se sorprenderán de ver que muchas veces no fuimos los primeros y que lo que hacemos en la Ciudad Amigable muchas veces se queda en la Ciudad Amigable.

Y tú ¿qué opinas?