Tengo que morir todas las noches, de Guillermo Osorno, es uno de los tesoros de la comunidad LGBT de la Ciudad de México y del mundo, y leerlo debería ser obligatorio.

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Se trata de una lección que la Secretaría de Educación Pública jamás incluirá en los libros de historia, pero que nosotros mismos tenemos que aprender. En Tengo que morir todas las noches, Osorno nos lleva de la mano por la Zona Rosa cuando se empezó a consolidar como la capital LGBT del mundo que hoy es.

Osorno con la portada de su texto Tengo que morir todas las noches

Esta “Crónica de los ochenta, el underground y la cultura gay” es más que un almanaque. Las vidas de sus personajes valientes y pioneros (como Henri Donnadieu, Jacqueline Petit o la Drag Queen Xóchitl) se entrelazan para crear lo que hoy conocemos como la Zona Rosa. Estos personajes vienen de todo el país y de todo el mundo, con experiencias únicas, a veces huyendo de sus problemas, a veces esperando crear nuevos problemas en sus aburridas vidas.

Donnadieu (centro)

Se trata de emprendedores, de socialités, de artistas, de activistas, de rebeldes y de enamorados; humanos que cometen errores pero que saben que sin ellos, nadie habría empezado el movimiento social que nuestra comunidad necesitó para fortalecerse. En ese entonces, los mexicanos vivieron altos y bajos en su economía, desastres naturales, y una relación de amor/odio con Estados Unidos, los hermanos latinoamericanos, y el resto del mundo. Pero nuestra comunidad también tuvo sus propios problemas, sobre todo la crisis del sida.

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La Zona Rosa de entonces, hoy la desconoceríamos

Entre cenas, chismes, fiestas, cárceles, djs, playas, periodicazos, lujos, modas, Andy Warhol, Sasha Montenegro y María Félix; las líneas de Tengo que morir todas las noches se convierten en caminos que nos llevan entre las calles de Londres, Niza y Amberes. Hoy muchos de nosotros las recorremos cada fin de semana, y los turistas LGBT saben que tienen que visitarla cuando vienen, todo gracias a estos personajes históricos que jamás veremos en billetes ni en timbres postales.

Los ochentas para muchos de nosotros significa la década en la que nacimos (o ni eso), peinados escandalosos, maquillaje en colores neón y hombreras, o Mentiras, el musical. Pero para nuestra comunidad se trató del inicio de una cultura de diversidad y apertura.

Y tú ¿qué opinas?