Ser un guerrero puede ser en algunas culturas más que un acto heroico, un estilo de vida.

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Se requiere de pasión, un enorme control de la fuerza, precisión exacta sobre dónde y cómo golpear al enemigo, y sobre todo, ser consciente que no existe un exterior sino un claro objetivo donde se necesita conectar el cuerpo y la mente siendo el honor más grande de una cultura milenaria. Así es como se vive el proceso de vida para ser un “Rikishi”, o como en occidente lo llamamos, un luchador de sumo.

En esta ocasión dejaré de lado el cine para apreciar el trabajo de un fotógrafo que me gustaría compartir con ustedes; y es que la fotografía, al igual que el séptimo arte se vuelve un vehículo de información para los que no tenemos oportunidad de presenciar la acción capturada por el lente. En un acto aventurero, el mexicano Jaime Ávila logró colarse en un entrenamiento de sumo, un deporte popular en Japón y casi desconocido para nosotros dada su poca difusión y hermetismo por que aún mantiene características rituales que lo vuelven sagrado, mítico y a la vez, lleno de honor y carácter. 

Estas fotografías enmarcan una parte del sumo, un deporte donde dos colosos luchan por ser el mejor combatiente en un aguerrido y violento encuentro donde no importa quién sea el más musculoso sino quien logre combinar sus pensamientos y acciones con su alma, con su concentración y con su disciplina para defender un título, sus privilegios dentro de la Heya, como se conoce a los gimnasios o templos donde ejercen estas luchas, ¿y por que no? su hombría.

Al ver estas fotografías hay que preguntarse hasta dónde llega la extensión de cuerpo y mente. ¿Qué se requiere para ser un “Rikishi”? La lente de Ávila captó el sudor, la tensión física, el desgaste emocional y a la vez, la pasión con la que muestran su respeto y valor por sus creencias.

En México podemos apreciar en la Lucha Libre como el pueblo hace ídolos a quienes prueban su valor en el ring, en una pelea de carne a carne, venciendo a su oponente en acrobáticas maniobras y demostraciones de fuerza bruta, sin importar el genero ni la orientación sexual. Luchan por el honor de que el pueblo les venere, a diferencia del sumo, donde el honor nace del luchador por el clamor de la historia, la tradición, y las raíces culturales del acto donde ni siquiera una mujer tiene permitido presenciar un encuentro entre estos hombres, ya que es mal visto. Esta es una de las razones por las que este deporte no se ha popularizado y fue rechazado como deporte olímpico.

¿Pero como se lleva a cabo una pelea de sumo? Para vencer a su rival, un Rikishi tiene que encontrar en pocos segundos la técnica ideal que logre sacar a su enemigo del dohyo, o bien, lograr que otra parte del cuerpo que no sean las plantas de sus pies toquen el suelo. Cada encuentro es breve pues toda la acción no dura más de un minuto, pero la preparación siempre es ardua y pesada.

Los Rikishi comienzan a entrenar en la Heya a partir de los 15 o 16 años, con la convicción determinada a convertirse en los mejores combatientes, sabiendo que dejarán de lado a su familia y aquello que conocen. Ellos logran alcanzar entre 90 y160 Kg ¡Y algunos de ellos, logran una salud envidiable! Claro que cuando dejan de entrenar, su cuerpo comienza a cobrarles factura. Dentro de estos entrenamientos tienen que seguir un riguroso protocolo para dominar las múltiples técnicas, dedicarse a fortalecer su físico, que se vuelve su mejor arma, y su mente, que se convierte en su principal guía. Luchan semidesnudos, teniendo prohibido lavar su taparrabo pues lo consideran de mala suerte, sólo lo dejan secarse al aire libre para eliminar las bacterias.

Según su desarrollo, mientras más combates vayan ganando, los Rikishi pueden subir de rango, y eso les dará mejores beneficios dentro de la Heya, entre ellos, obtener las mejores comidas o dormir más. Solamente pueden dejar esta carrera retirándose por vejez, teniendo en cuenta que su esperanza de vida es de 60 años, veinte años menos que la que se tienen en Japón. ¡Tienen prohibida toda clase de distracciones! Por lo que sólo tiene contados minutos del día para ver la televisión o dormir. Después del pesado entrenamiento, comen. Cuando llega la hora de acostarse, los Rikishi casados se van a casa con sus familias, normalmente a un apartamento cerca de la Heya; Los solteros viven en habitaciones en la Heya, y los de rango más bajo duermen en habitaciones comunales.

Ser Rikishi es un gran reto, uno que requiere mucho valor, coraje y demasiadas agallas; en occidente luchar cuerpo a cuerpo con otro hombre en lo que podría ser considerado una prenda bastante similar a una tanga nos desacreditaría como entes masculinos, pero en oriente, es una tradición milenaria que se conserva gracias a la rica cultura que los japoneses celan ante el mundo una concepción de la virilidad que merece mayor reconocimiento.

Antes de iniciar la batalla, los dos luchadores se estudian caminando por la plataforma, elevan una pierna, la dejan caer violentamente y lanzan sal al aire para ahuyentar los malos espíritus. Para ellos no hay nada más que su oponente dentro del dojo, pensando en los años de sacrificio, el honor a resguardar, listos para demostrar con su voluminoso y masculino cuerpo quien es el más grande de los hombres.

Para vencer a su rival, un Rikishi tiene que encontrar en pocos segundos la técnica ideal que logre sacar a su enemigo del dohyo, o bien, lograr que otra parte del cuerpo que no sean las plantas de sus pies toquen el suelo.

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