Chicas! Si están comenzando a leer esta nota, espero no se hayan perdido la primera parte de la semana pasada sobre mexicanas vestidas de chicos. Ahora tomen sus pasaportes porque me las llevo de viaje. El artículo original salió hace unas semanas, pero ahora se los comparto con un poco de mi costal por si no tuvieron oportunidad de leerlo, o si necesitan ayuda con el inglés. Ya es bien sabido que en el pasado algunas mujeres asumieron papeles heroicos, a veces tomando el rol de hombres en fábricas, otras como enfermeras o encargándose de labores administrativas militares. Pero también hubo mujeres en los frentes militares, heroínas de carne y hueso, así como intelectuales progresistas, así que fuera las enaguas.

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La británica Flora Sandes un buen día decidió colgar su uniforme de enfermera de primeros auxilios para vestirse con el de Capitán en la Armada Serbia. Flora de hecho luchó en ambas guerras mundiales y fue herida de gravedad, pero condecorada por su valentía y reconocida por exigir trato igualitario para mujeres en el frente de batalla. Además de ejércitos opositores, se enfrentó a otros obstáculos como haber estado presa y a su edad, ya que siguió luchando hasta los 65 años. Esta mujer se mostró decepcionada e insatisfecha con la vida en Gran Bretaña después de las guerras, por lo que se mudó a su patria adoptiva, Serbia, con su esposo, un ex-general ruso.

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Y hablando de Rusia, la llamada “Juana de Arco Rusa“, María Bochkareva fue miembro del Batallón Ruso de la Muerte e invitada especial a formar parte de la Armada Imperial del Zar Nicolás II; y una mujer que a muchos, hombres y mujeres, nos habría impactado, gracias a su tamaño, su uniforme, y su mirada. Bochkareva fue una mente audaz que creó un batallón femenino, una alternativa que desafortunadamente nunca llegó a considerarse a la altura de los batallones del sexo opuesto. El heroísmo de esta mujer no le sirvió de mucho al llegar la revolución rusa, ya que los bolcheviques vieron su lealtad a la nobleza como un aspecto merecedor de ejecución.

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El siglo XIX fue testigo de la vida de una feminista excepcional: la Baronesa Amandine Aurore Lucile Dupin, mejor conocida como George Sand. La historia mundial recuerda a George como una de las primeras mujeres en recibir una reputación formal como escritora, así como una amante de grandes nombres como Fréderic Chopin y Alfred de Musset, a pesar de haberse casado y tener familia. Tras su divorcio, Sand optó por usar ropa de hombre en público, ya que le resultaba menos estorbosa y costosa que la ropa de las mujeres nobles de su tiempo. Estas decisiones llegaron con un precio: sus amoríos le trajeron problemas con sus hijos, y su indumentaria le retiró algunos privilegios nobiliarios. Pero también gozó del éxito literario, al ser autora de más de 100 obras y una mente muy avanzada para su tiempo que le abriría muchas puertas a su sexo en el futuro.

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Durante la primera guerra, las mujeres fueron vistas como sospechosas, y posteriormente, en tiempos de paz, a veces hasta ridiculizadas y avergonzadas. La piloto y periodista Marie Marvingt, “La Novia del Peligro“, es uno de estos ejemplos. Además de brillar en una gran cantidad de deportes, sirvió durante la guerra como aviadora y enfermera, y durante tres semanas incluso lo hizo disfrazada como soldado francés, hasta que fue descubierta. Sin embargo, al terminar la guerra quiso ofrecer sus servicios como piloto, sin lograr persuadir a la armada francesa para contratarla como oficial. A pesar de estos problemas, pasó a la historia como pionera, y nos queda claro que su sobrenombre no fue otorgado sin razón.

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La periodista Dorothy Lawrence vivió la primera guerra también durante tres semanas disfrazada como un francotirador llamado Tommy, el cual se escondía bajo un corset, cabello corto, y piel intencionalmente oscurecida con químicos y flagelada con navajas, todo con tal de convertirse en corresponsal de guerra. De niña quedó huérfana y fue violada por el clérigo que se supone la cuidaría. Y las tragedias siguieron con la guerra, cuando la fatiga y el agua contaminada la obligaron a confesar que era una civil. Cuando se firmaron los acuerdos de paz intentó aprovechar su inspiradora experiencia en la guerra para encontrar el éxito como periodista, pero no lo logró, y desafortunadamente terminó sus días en un asilo para débiles mentales.

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No obstante, la necesidad de manos y ojos en las trincheras obligó a algunos ejércitos a hacerse de la vista gorda en lo que se refería al mal llamado sexo débil. Emilienne Moreau fue una chica francesa que a sus 17 primaveras ya mataba soldados alemanes a diestra y siniestra para vengar a su padre, aprehendido por este ejército. Muchos niños sufrieron el mismo destino que ella en la primera guerra, es por ello que, antes de unirse a las tropas, Emilienne abrió una escuela en su  sótano para ayudar a estos infantes. Su participación como guerrera se dio sin querer, cuando soldados alemanes tomaron el sitio de primeros auxilios que ella ayudó a establecer en su pueblo natal, por lo que decidió tomar al toro por los cuernos para recuperarlo. Su apoyo le trajo medallas, y el sobre nombre de “La Heroína de Loos” (de donde era originaria) por parte de la prensa inglesa y francesa.

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La arqueóloga, exploradora, escritora y periodista #travesti Jane Dieulafoy fue una de las madres de la imagen de la mujer moderna, así como de la arqueología, una ciencia que apenas se comenzaba a definir en su tiempo y que no aceptaba mujeres, previo a la primera guerra. Que su forma de vestir no los confunda, ya que estaba fielmente casada con el también arqueólogo Marcel Dieulafoy, con quien exploró vastos territorios en el Medio Oriente. Usaba ropa de hombre y cabello corto tanto por practicidad como por seguridad, ya que resultaba peligroso para una mujer viajar por países islámicos en esos tiempos. Incluso recibió un permiso especial por parte del gobierno francés para hacerlo. Gracias a su astucia fue capaz de publicar muchas obras sobre su trabajo y sus aventuras que no le pedirían nada a Lara Croft.

La historia cuenta con algunos nombres

de féminas valientes, pero las coronas de laureles

desafortunadamente se las llevaron mayormente

los hombres.

No obstante, hoy existe un escenario distinto, especialmente tras la revolución femenina de los 60s. El machismo, el patriarcado, la misoginia, el chovinismo, llámenle como gusten; poco a poco se disminuyen. Faltan algunas batallas por ganar, pero la trayectoria recorrida ya es larga. Es responsabilidad de todos seguir mejorando la situación de las chicas, olvidar las perlas y las corbatas, retar anatomías, mentalidades, culturas y estereotipos de género; y ponernos todos los uniformes que queramos.

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