Tuve la fortuna/bendición/no-sé-cómo-llamarle de conocer el trabajo de Kehinde Wiley en 2013 en el Museo de Arte de Columbus, en Ohio, Estados Unidos. Jamás creí encontrar algo así, y mucho menos ahí (en un estado tan “blanco”). Ver uno de sus retratos por primera vez me hizo sentir algo en el pecho que pocas obras de arte han logrado, una mezcla de emoción, curiosidad y asombro.

Kehinde Wiley nació en Los Ángeles pero ahora tiene su galería en Brooklyn, NY. Al pertenecer a una familia de retratistas y gracias a la educación artística que recibió desde niño, inevitablemente hoy es uno de los nombres más prestigiosos en museos, colecciones y galerías.

Wiley siempre imprime algo se su propia imagen en sus piezas

Por un lado, sus piezas son un reflejo moderno de la comunidad negra en Estados Unidos y en otros sitios como Mumbai, Senegal, Dakar y Río de Janeiro (para su colección The World Stage, una reflexión sobre la interacción del mundo con Estados Unidos a través de la cultura negra). Wiley mezcla la historia, la opulencia y el espíritu urbano a manera de crítica social y política desde su trinchera.

Las piezas de Wiley están imbuidas de ansias de poder y sexualidad

Por el otro, proyecta su propia sexualidad gay clara pero no vulgarmente. Así, también expone su propia versión de masculinidad. Incluso ahora que empieza a pintar mujeres para la serie An Economy of Grace (un trabajo para Givenchy inspirado en Riccardo Tisci), su estudio sobre el género demuestra un diálogo sobre una nueva negociación de poder.
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Admirar uno de sus retratos es admirar el color, el urbanismo, la elegancia y la profundidad de las miradas de hermosos modelos de piel oscura. A éstos los encontrará en calles comunes y corrientes, pero el impacto que pueden proyectar es indudable. La ironía se encuentra en que son quienes fueron colonizados los que ahora se muestran como sus amos con imágenes que nos recuerdan el renacimiento italiano o el barroco francés.

Siempre posando frente a un papel tapiz excesivamente detallado, sus modelos negros generalmente son jóvenes con tatuajes, gorras, sudaderas, playeras y/o camisetas tal y como se les ve en Harlem. Su trabajo de iluminación sobre los músculos oscuros no podría ser mejor, y los colores brillantes atraen a cualquier espectador como una polilla a la luz. El contraste provocativo entre el estilo clásico de la realeza y la aristocracia, y la moda del del hip-hop podría chocar en teoría, pero la armonía que alcanzan gracias a Wiley es sorprendente.

Si lo que buscan es más color en sus vidas, este galardonado artista lo garantiza. Pero si no tienen seis dígitos de dólares americanos para decorar sus salones de baile, al menos siempre tendremos a la manos sus redes sociales para decorar los fondos de nuestros smartphones.

Un concepto único de lo chic