Quienes hayan ido a París, y sobre todo a este museo, no me dejarán mentir, el Museo d’Orsay puede llegar a ser bastante homosensual. Porque aunque claro que su arquitectura es sublime, y sus piezas magníficas, los bellos hombres expuestos y los que rondan los pasillos junto con nosotros, nos roban el aliento cada tres segundos.

The wheel of fortune, Edward Burne Jones, 1875-1883

Por un lado tenemos las pinturas. Esta segunda dimensión nos ofrece generalmente dos ventajas: color y un panorama tan amplio como lo desee el artista, desde una habitación hasta montañas, un sueño o el infierno. En el museo d’Orsay hay decenas de piezas masculinas y hermosas relacionadas, por ejemplo, con la religión, como el San Sebastián de Guido Reni y el de Claude Ferdinand Gaillard (1880), el Abel (1875) de Camille Félix BellangerLe Christ Mort (1879) de Jean-Jaques Henner o dos pinturas de Gustave Moreau, Le June Homme et la Mort (1881-82) y Jason (1865). También podemos encontrar guerreros como Les Tireurs á l’arc (1895) de George Desvallieres o los Lutteurs (1875) de Alexandre Falguière. O busquen personajes históricos, como (mi consentida) L’École de Platon (1898) de Jean Delville. Obras sobre mitología son The Pipes of Pan (1908) de Clarence Hudson White o el gigante de la Fléau! (1901) de Henri Camille Danger.

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Por el otro, encontramos la escultura, que personalmente disfruto más, ya que aunque es más difícil mostrar, por ejemplo, un océano, sus diversas dimensiones nos hacen imaginar muchas veces a un hombre real, todo cubierto de pintura negra, blanca o dorada, y al cual sólo le falta sudar. Soñamos despiertos con el Coup de grisou (1892-1896) de Henri Leon Greber, el Agenouillé à la fontaine (1898) de George Minne, el Cycliste (1907-8) de Aristide Maillol, el Faucheur (1849) de Eugene Guillaume y el David (1872) de Antonin Mercié.

Otra técnica es la predilecta de Instagram, la fotografía. Y claro que en este museo la hay, como el musculoso Estudio de desnudo masculino (1910) y la Pareja (1905-10) de Josep Maria Sert i Badia, o el melancólico Desnudo-La Piscina (1910) de su contemporáneo, George Henry Selley.

Scène d’été, Frédéric Bazille, 1869

Entre los más populares verán a Paul Cézanne y sus Cinco Bañistas (1876-1877) de óleo y a Auguste Rodin y L’Âge d’airain.

Pero no conforme con la exposición permanente, las temporales también pueden resultar una delicia. De hecho, para los afortunados que vayan a estar en París hasta el 5 de marzo, podrán deleitarse con la exhibición de Frédéric Bazille, y pinturas muy sensuales como su Scène d’été (1869), la cual nos antoja asolearnos una calurosa tarde de agosto junto con otros chicos. Es probable que, cuando vayan, algunas piezas de la exposición permanente se encuentren de gira, pero siempre se compensará con algún artista que estará de visita.

Gracias a su vista privilegiada del río Sena, y a su inconfundible y bella arquitectura de una antigua estación de tren, el museo d’Orsay es uno de los más visitados de la capital francesa.

Hercule appuyé sur sa massue, anónimo, aprox. 1960

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