Convencido de que su vida es una obra y su papel en el escenario es crucial, el protagonista de esta historia desarrolla una obsesión por vivir de forma única, por dejar huella y por plantearse lo que pocas personas: la hipocresía con la que los seres humanos acostumbran a existir, así que se deja llevar por sus fetiches, sus fantasías y su pasión por las artes.

El pequeño prodigio se adapta de una forma estoica a su existencia, pero conforme crece se da cuenta de la dificultad de adaptarse a una sociedad en la que los códigos de conducta y pensamiento son demasiado rígidos para alguien con una mente tan profunda que por momentos se vuelve lúgubre…

Todos dicen que la vida es un escenario. Pero la mayoría de las personas no llegan, al parecer, a obsesionarse por esta idea, o al menos, no tan pronto como yo. Al finalizar mi infancia estaba firmemente convencido de que así era, y que debía interpretar mi papel en ese escenario sin revelar jamás mi auténtica manera de ser. Como esa convicción iba acompañada de una tremenda ingenuidad, de una total falta de experiencia, pese a que existía la constante sombra de una duda en mi mente que hacía sospechar que quizá no estuviera en lo cierto, lo indudable que consideraba que todos los hombres enfocan la vida exactamente como si de una interpretación teatral se tratara. Creía con optimismo que tan pronto como la interpretación hubiera terminado bajaría el telón y que el público jamás vería al actor sin maquillaje.

Publicada en 1949 (cuando el autor tenía apenas 24 años), esta obra constituyó un hito para la literatura universal. De hecho, hoy en día se la considera una de las obras LGBTI+ por excelencia. Confesiones de una máscara es un relato vibrante sobre el auto descubrimiento de un niño que explora su identidad, su sexualidad y su visión de la vida. Aunque nunca lo declaró abiertamente, esta obra es considerada una autobiografía de Mishima y uno de los legados más importantes que dejó la generación literaria de la posguerra japonesa.

El libro recorre la vida del protagonista a través de relatos sobre el desarrollo de su personalidad, el descubrimiento de su homosexualidad y una serie de fetiches que avivan su fijación con la masculinidad. Aunque, es necesario resaltar que en ningún momento la narrativa se transforma en erótica o sexual, por el contrario se trata más de la identidad y de cuestionamientos que el autor realiza sobre la existencia, el pudor, las difusas líneas que siguen los seres humanos para involucrarse de manera sexual y sentimental, por lo que Mishima nos regala una narración precisa sobre cómo un niño que después llega a la adolescencia en el transcurso del libro, desarrolla una personalidad que destaca en su entorno familiar y social por desafiar las reglas de convivencia y comportamiento, lo que sin duda atrae y fascina respecto a este personaje.

Mishima encarnando a San Sebastián en 1968.

De hecho, uno de los relatos más interesantes es sobre cómo el protagonista desarrolla una fijación con la imagen de San Sebastián, tanto por la figura masculina que le evoca sensualidad, como por la naturaleza tan dramática de su muerte -San Sebastián fue un mártir que vivió durante el siglo III-. Este recuerdo que el protagonista relata, es el uno de los primeros momentos en el que deja ver su identidad, pero lo hace de forma tal que jamás se muestra vulgar, puesto que la prosa del autor es tan precisa y dramática que se permite plasmar el erotismo casi como una filosofía que le otorga la forma perfecta de redimirse en un mundo en el que se siente ajeno todo el tiempo.

Y en la vida del autor, esta fijación por la masculinidad y la dramaturgia fue llevada hasta su muerte que fue planeada por él mismo como parte de un ritual que lo haría pasar a la historia. De hecho, es interesante cómo Confesiones de una máscara constituye el relato de la vida de un artista perturbado, cuyo arte y talento fueron alimentados en todo momento por la tragedia. Su genialidad, por patético que suene, fue el resultado de una sexualidad torturada. Y quiero aclarar, que escribo esto desde el lugar de un hombre que sabe lo que provoca la tortura a la sexualidad, la represión que se traduce en una acentuación de los deseos eróticos y de la fijación por la figura masculina, a tal grado que incluso una imagen como la de San Sebastián puede despertar un arrebato de deseo por auto complacerse.


Hablando de la fijación del autor por esta imagen hipermasculina, es muy importante destacar como estos rasgos que siempre valoró y que constituyen el elemento principal de su obra, Mishima siempre buscó que su físico representara toda esta fortaleza y virilidad, elementos que siempre inspiraron su obra.

Aunque no todo en la obra de Yukio es sexual o erótico. Por el contrario, es bastante poética, dado que plantea también cuestiones sobre el amor y las relaciones, en particular sobre esta necesidad humana de buscar el amor y de querer ser encontrado a través de él. Y durante el relato, el protagonista recupera reflexiones muy acertadas acerca del amor como una forma de redención, como un arte, como un sacrificio que se sufre, que conlleva pena, pero sin el cual la existencia humana simplemente no tendría sentido alguno.

Al final, la serie de confesiones que el protagonista revela nos deja ver un lado si bien trágico, también honesto de una existencia atormentada, pero muy apasionada…

Esta obra es un clásico que no puede faltar en su biblioteca, así que les recomiendo que la lean cuanto antes.

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