Sinvergüenza, irreverente y arrabalero. Literatura gay para meterse sin saliva.

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Así es como yo, en mi experiencia como lector definiría la pluma de Wenceslao Bruciaga. De hecho, él mismo asegura que hace enojar a los “jotos” por su estilo desfachatado, porque en sus columnas se pasa por el arco del triunfo el decoro y la prudencia. Bruciaga no sabe de filtros, no sabe de poses, es tan gay como punk (él mismo se describe así en su cuenta de Instagram) y no le teme a los p*tazos, por eso boxea y es periodista.

Un amigo para la orgía del fin del mundo, es la recopilación del trabajo de 10 años del autor en su columna semanal “El nuevo orden” en el periódico Milenio, una columna que no le teme hablarle al colectivo LGBTI+ sin filtros ni tapujos, además de algunas colaboraciones con Vice y Time Out México.

Y simplemente puedo decirles que no es una obra para aquellos que se asustan de la rudeza y el salivazo. Las letras de Bruciaga se sienten como un suave beso de lengua y una sórdida nalgada al mismo tiempo. Para que se den una idea, este libro fue editado por una disquera llamada Discos Cuchillo y el patrocinio para realizarla surgió de fiestas organizadas en Sodome – Bath House.

Les presento a Wenceslao Bruciaga. Foto: Alejandra Carbajal.

Y la verdad es que lamento no haber conocido la obra de este autor antes. Su estilo indecente me parece una bocanada de aire fresco. Porque, estamos acostumbrados y nos encanta la parte bonita que nos muestran todas esas páginas en Facebook sobre las relaciones, el romance y lo colorido que es la vida LGBTI+, pero cuando le pintamos cara a la realidad (ni tan colorida ni tan de cuento) que vive nuestra comunidad, nos encontramos de frente ante el abuso, ante el cinismo de los políticos que ningunean nuestros derechos o nos usan para sacar provecho en sus campañas, al igual que de algunas marcas/empresas para colgarse del mercado rosa y que se proclamen incluyentes solo porque le agregaron un arco iris a su logo.
Pues así son las letras de Wenceslao. Quien por cierto, está por publicar su próximo trabajo Juke – Box, que asegura le va a r*mper la mami al Mes del Orgullo. Quizás ahora entiendan un poco más del estilo, o más bien la esencia de este autor. Pregúntenle a los activistas a los que ha hecho enojar bastante con sus comentarios mordaces acerca de cómo nos traicionamos en el discurso, por un lado promoviendo la diversidad y la tolerancia y por el otro ridiculizando y rechazando al gay afeminado, al gordo, al feo, o al que como él “no parezca gay”. Porque todo nos incomoda y a todos queremos meter en cajas, clasificarlos, etiquetarlos y separarlos. Porque un tipo mamado de gym no se podría fijar en alguien que no tenga músculos si no hay dinero de por medio y si es así, no tardamos en crucificarlo, igual que al Suggar Daddy y su pareja que llamamos “chichifo” con desdén.

Para Bruciaga, más que comunidad somos un colectivo con muchos matices, incluidos aquellos que tocan en la escala de grises y sí, esos también hay que aceptarlos.

De esto va, Un amigo para la orgía del fin del mundo, de hablar, digamos “a pelo” de como somos, de nuestros miedos, de los antros, de la vida nocturna y el glamour gay, pero también de la cruda, de la realidad -y de la otra-. Así que advertencia: este libro no es buen amigo de la mojigatería ni de las buenas costumbres que nos empeñamos en seguir porque aparentemente para ser aceptado como gay, no puedes ser “una loca”, ni tener múltiples parejas, ni gustar de prácticas sexuales como las orgías, ¿verdad? Y ya ni hablemos de salir desnudos a la calle a marchar, porque entonces ya es carnaval y ya no nos pueden tomar en serio. Como si un cuerpo desnudo, no fuese nada serio.

Valoro mucho el ritmo honesto y recalcitrante de Wenceslao. Como dije, es una bocanada de aire fresco después de tanto empalague del #LoveWins. O más bien, como un trago de mezcal derecho después de una ronda de mimosas. El desafío de este libro es mantenerse con la mente abierta y no permitirle a los prejuicios (ni a los de la heteronorma ni a los de la homonorma) salir a la luz y arruinar la lectura; entorpecerla, mejor dicho. Y no, no está hecha para estómagos sensibles, mentes superficiales o almas imposibles de abrir. La pluma de Bruciaga, más que trazar letras, esgrime palabras como heridas que sangran y de las que el autor obtiene la materia prima para continuar escribiendo un texto que duele, que emociona, que de pronto excita, hace estallar y por momentos reúne toda la tristeza que puede albergar un antro repleto de personas solitarias bailando con singular alegría.

Ese es Wenceslao Bruciaga, el cronista del mundo gay, pero no del que sale en las fotos de las portadas de GQ, sino del de verdad, el de los cabarets y los lugares de encuentro, el de los marginados y los que que vivimos nuestra sexualidad a veces perteneciendo al “mundo gay”, a veces viéndolo desde fuera. Un mundo que a veces complace y a veces lastima, un mundo infame, pero lleno de misterio y encanto.

Vayan, lean y gocen. Acá en los comentarios me cuentan cómo les fue.

Si quieren leerla, los muchachos de Petirrojo les llevan esta obra hasta la puerta de su casa.

Y tú ¿qué opinas?