“Si no vas a tener quién te acompañe, ten plantas.”

Recién confirmó mi homosexualidad, mi mamá se obsesionó con enseñarme todo lo que yo debía saber sobre los helechos espada: plantas de interior de cuidado sencillo para el hombre eternamente soltero porque, sin importar cuántos novios le presentase, en su cabeza estaba enraizada la idea de que un homosexual siempre estaría solo y viviendo en la sombra. En ese sentido, qué mejor que tuviese como compañía a plantas de verde intenso que, como yo, pudiesen desarrollarse en ambientes de poca luz.

La verdad es que mi relación con las plantas es desastrosa. No tengo paciencia para cuidarlas. Cuando hay que mantener húmeda su tierra, termino por encharcarla. Si se trata de hablarles bonito, sospecho que las abrumo.

planta1Durante varios años opté por no defraudar a mi mamá al decirle que yo era incapaz de mantener vivos a mis helechos. Suficiente había tenido ella con vivir la pérdida del sueño de la vida heterosexual que tenía para su hijo.

Es una analogía simplona, pero los padres de mi generación fueron educados para que esperasen que sus hijos fueran como árboles frutales que floreciesen para reproducirse. Por eso cuando un hijo sale del clóset no pueden evitar pensar que su destino es el del árbol que al irse secando lleva consigo también el final de la estirpe.

Declararte abiertamente homosexual obliga a los padres a dejar atrás su propio armario, uno en el que deben guardar con llave la forma en la que te veían y a partir de ahí asumir ante los demás que las expectativas que de ti se habían construido ya no serán cumplidas.

Mi mamá siempre se ponía nerviosa ante las preguntas incómodas de los conocidos sobre mi estado civil y mi situación sentimental. Cuando llegaba después de ella a eventos como la cena de navidad, yo podía adivinar, por los restos de servilleta picada hechos bolita sobre el mantel, qué lugar había ocupado en el comedor para enfrentar ofuscada los cuestionamientos de mis tíos. Podía recrear en mi mente también el habitual temblor de sus labios al explicar al auditorio –pero sobre todo a sí misma- la homosexualidad de su hijo buscando expresiones que sonasen poco comprometidas.

Salir del clóset es un acto de valentía con el que a veces, a causa de la fortaleza que la decisión te inyecta, te distraes del hecho de que tus padres necesitan su propio tiempo para entender que a partir de entonces los helechos espada y las sombras no serán tu única compañía.

La homofobia de nuestros padres está profundamente arraigada porque ha sido heredada.

planta2Ellos son como plantas cuyas raíces profundas no les permiten huir del terreno de las ideas en las que fueron cultivadas. Por eso entiendo que a veces, carentes de las herramientas para comprenderme, utilicen adjetivos calificativos que me hieren como si estas palabras fuesen los pelos de las ortigas que al romperse se clavan en la piel para soltar el veneno con el que se defienden de nosotros, los depredadores de sus ideales.

Han pasado varios años desde que salí del clóset y en el ínter hemos aprendido mucho sobre el cuidado de los helechos y sobre nosotros.

Me siento contento porque el temblor de los labios de mi mamá, ante las preguntas de los curiosos sobre mi vida, casi ha desaparecido.

 Aunque debo aceptar que hay cosas que aún no cambian: se me siguen muriendo las plantas.