¡Ah que hermoso es el inicio de año! ¿No creen que comenzar un ciclo nuevo de 365 días es un regalo? ¿Acaso no suele ser siempre enero el inicio prometedor de 12 meses de regocijo y júbilo?
No, la neta no.

ahhhh pero tú en diciembre con el aguinaldo…

A decir verdad no existe peor momento para revisar la cartera, el refrigerador, los recibos, la báscula o incluso (viéndome muy cursi) el corazón. Parece ser que todas las deudas, todas las responsabilidades y a veces hasta todas las canciones se ponen de acuerdo para hacernos recordar (como si hiciera falta) que estamos más solos que un fan en el concierto de Benito Castro o un amigo homosensual en un tabledance. La cuesta de enero nos arrastra con todas su fuerzas y al parecer no nos queda más que quedarnos “flojitos y cooperando” (si me dieran 1 peso cada vez que alguien me ha dicho esta frase quizá me alcanzaría para comprar un refresco chiquito y un gansito).

Allá en mi pueblo (un bello principado del cuál ya les he hablado), la famosísima cuesta de enero siempre resultó ser un mito del que todos hablaban pero que en mi inocencia infantil (como la que sigue teniendo Chabelo) no la llegaba a entender. Hoy a mis 30 años puedo constatar que no solo NO es un mito, sino que representa uno de los mayores temores en mi pueblerina vida (entre ellos también está ir al dentista, los gastos quincenales, la inevitable compra de víveres o el desabasto de papel higiénico).

Queridos lectores y amigos homosensuales, es por ello que a continuación les brindo los mejores consejos que pude obtener a lo largo de 7 años en la bella CDMX y con los cuales pude ahorrar y salir avante (por no decir con menos deudas y de paso con uno que otro kilo de menos) en la temible cuesta de enero: