“Te quiero mucho, pero yo JAMÁS podría tener algo con un bisexual”.

Una de las primeras frases que recibí al momento de aceptar abiertamente mi bisexualidad

Ilustración de Murilo Chibana

El punto de esa frase, que en su momento se sintió como un golpe en la boca del estómago, es que establecía dos puntos contradictorios, por un lado, esa persona me decía que me quería y por otro, afirmaba cómo para él cualquiera que se identificara como bisexual iba directo a la caja de lo que no debe ser tocado nunca. De la misma manera, la frase redondeaba con algo mucho más peligroso, se traducía en una afirmación triste cuando viene de alguien cercano: tu orientación sexual, tiene más peso que tu persona, con quien decidas irte a la cama define mi postura frente a ti.

Frases de este tipo se reproducen constantemente en el campo auditivo de quien siente atracción física y/o emocional hacia personas de su mismo sexo/género o de sexo/género diferente al suyo. Pero en el fondo:

¿Por qué la gente le tiene tanto miedo a la bisexualidad?

Más allá de todos los mitos de los que hemos hablado antes, la bisexualidad llega a asumirse como una bomba de tiempo para quienes no se identifican con ella (no todos). Parece que, para algunos, cuando alguien establece claramente su orientación bisexual, les comienza a sonar un reloj con cuenta regresiva a la tragedia.

La gente puede tenerle miedo a la bisexualidad porque no condiciona las interacciones a partir de una regla establecida. La bisexualidad por sí misma tiene una característica evolutiva y cambiante, es capaz de ajustarse, redefinirse e insertarse en diferentes espacios de la sociedad. La bisexualidad, le duela a quien le duela, ha permitido entender que existen muchos formatos de relaciones amorosas, que el amor no es una condición de entendimiento enfermizo sobre la pareja y que, nadie puede establecer reglas determinantes y aplicables a todas las parejas, tríos, cuartetos, variantes de relación.

Hace algunos años, la bisexualidad era entendida como la orientación sexual en la que se puede tener atracción sexual y/o emocional tanto por hombres como por mujeres (entendiendo esos conceptos como cisgénero). Hoy, ese planteamiento es obsoleto. La misma bisexualidad se ha exigido que el entendimiento sobre sí misma se ajuste y adapte a la evolución y la aceptación de elementos de la sexualidad que estuvieron en la esquina oscura y silenciosa por mucho tiempo. Lo más sorprendente en el tema es que la bisexualidad, a pesar de no tener la aceptación que la historia debería haberle adjudicado, de seguir transitando en la lucha de la visibilidad y de vivir bajo estigmas que la arrastran al ostracismo, nunca, en ningún momento, ha dejado de redefinirse, de avanzar junto al momento histórico y de ser la letra rebelde dentro del LGBT+.

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De ahí es que parte el miedo y el rechazo a la bisexualidad. De su resistencia a las cajas conceptuales, de su constante estallido ante quienes, o la definen, o la niegan. La bisexualidad es la oveja negra de las ovejas negras. Ha formado parte de las filas por los derechos de la comunidad, incluso sabiendo que esos derechos, de manera general, tienden a ser enrollados con las palabras: homosexual, lesbiana, pocas veces con la palabra bisexual. No existe una política de salud que se enfoque en las necesidades de quienes nos identificamos como bisexuales, ahí, lo que uno tiene que hacer es encontrar la fractura en la salud sexual combinando el espectro heterosexual y el homosexual. En ese sentido, no existe la conciencia clara de que no somos una combinación de ambas cosas y que como bisexuales, también exigimos la visibilidad en las políticas públicas, en los conversatorios de salud, convivencia y derechos. Pero vamos, esa es harina de un costal más complicado.

Cada vez que escucho una frase en contra de la bisexualidad, confirmo la necesidad de seguir hablando de ella. Esto no es propaganda de prácticas sexuales (algo que le leí a un chico gay en Facebook), eso suena al autobús anti libertad. Hablar de los bisexuales en los espacios LGBT+ es una necesidad, una demanda obligada. Recordemos que no es necesario ser la causa para defender la causa. Si una persona de la comunidad LGBT+ se posiciona en contra de la bisexualidad por sus experiencias personales, está limitándose a su propio egoísmo. La lucha por los derechos LGBT+ ha sido larga y muchas de las cosas alcanzadas al día de hoy, que nos benefician a todos, fueron originadas por grupos de personas que se permitieron ser rebeldes hace décadas, entre ellas, personas trans, bisexuales, homosexuales, lesbianas, Drag Queens.

Es totalmente ilógico, pensar que la bisexualidad existe desde hace diez minutos, basta echarse un clavado a la línea de tiempo para reformular nuestra negatividad al tema de la bisexualidad. Quien se quede en el argumento de:

“Todos los bisexuales que YO conozco son infieles, porque son gays que no se aceptan y no saben lo que quieren”

No está asumiendo responsabilidad de sus palabras, de su ignorancia y de su persona. Primero, porque generalizar es un error en cualquiera que sea el tema, segundo, porque tener poco conocimiento de un tema, no justifica una opinión desafortunada. Las opiniones, por más personales que sean, también están sujetas a ser fallidas e invalidadas. Y tercero, si todos los bisexuales que alguien conoce, son así, no es porque sean bisexuales, es porque las personas que esta persona a elegido para tener cerca no son precisamente las más confiables y esa decisión, es de personalidad, no de orientación sexual.

Ya no se trata de si se le tiene miedo a lo desconocido. Ese no es el tema con la bisexualidad, las herramientas educativas y de información son muchísimas (sólo hay qué se cuidadoso con lo que uno escoge). Quien quiera leer sobre bisexualidad, historia, revolución, cambio social y sexualidad, puede hacerlo.

No podemos seguir justificando el rechazo a un grupo de personas, con el argumento de: No lo entiende porque no lo sabe. Recordemos esto, si no lo sabe, es porque ha decidido no saberlo.