La nariz es una de esas puertas por las que puede entrar cualquier espectro del recuerdo. La nariz es el portal de lo que importa y el portal de lo que nos ha tocado vivir. Muchos dirán que son los ojos, otros tal vez que son los oídos, pero incluso en silencio, con los ojos cerrados, un olor puede convertirse en ticket de viaje a lugares insospechados, a sensaciones guardadas en nuestra mente e incluso a emociones que suceden sólo con situaciones o personas especiales. Para mí, por ejemplo, el recuerdo de un cielo repleto de estrellas en la Huasteca me huele a café y a humo, no hay razones específicas para ello, probablemente sea porque cierto fragmento de mi felicidad huele así y no necesito explicaciones profundas alrededor de eso.

La nariz como un acceso al recuerdo

Cuando vamos por la calle y nos cruzamos con alguien que captura con su fragancia nuestra atención, podemos afirmar que hay un grado profundo de misticismo. No existe una conexión correcta entre nuestra cabeza girando y la figura de quien avanza a lo lejos, todo radica en dejar que la nariz sea guía de viaje para nuestros sentidos atrapados en las notas de un perfume que nos llama por su peculiaridad olfativa.

Eso a lo que llamamos olfato tiene dentro de una de sus acepciones la de ser la sagacidad para descubrir o entender lo que está disimulado o encubierto. Somos víctimas de la curiosidad cuando de olores hablamos. Porque incluso los malos olores provocan en nosotros la imperativa necesidad de saber de dónde provienen. Un trozo de comida en descomposición anidado en alguna parte de nuestra casa puede convertirse en martirio imposible de ignorar. Las peculiaridades olorosas del cuerpo son también detonantes de sensaciones como la vergüenza y la desesperación. Vivimos olfateando sin darnos cuenta, vivimos descubriendo olores, reconociendo los lugares, la ropa, las caras, los cuerpos a partir de nuestra nariz. Existe un gusto enorme por la comida de casa, por el olor al suavizante que usaba nuestra madre, o nuestro padre, o en nuestra infancia. También guardamos en las ventanas del olfato el indiscutible olor del primer amor, del primer rompimiento, del primer acostón, del primer beso.

¿Puede uno recordar el amor? Es como tratar de evocar el aroma de las rosas en un sótano. Puedes ver la rosa, pero nunca el perfume. Arthur Miller

#Homosensuales, hagamos un ejercicio en este momento, pensemos en el olor que para nosotros representa al amor. El aroma que nos llena de placer adolescente, ese que nos genera un recuerdo emotivo, excitante, romántico. Seguramente [email protected] podemos concluir a qué huele la persona a la que más hemos amado en la vida, ese aroma que nos invade los pulmones incluso cuando no está presente, al que le dedicamos minutos de gusto por el simple hecho de recordarlo, de manifestarlo en la memoria.

Desde la química, el olor es una sensación, una idea de estímulo y percepción que se genera en el olfato por el nexo de una sustancia orgánica con los receptores olfativos de los seres vivos. La nariz es una conexión directa con el cerebro, es un cable que conecta al mundo con nuestro sistema neuronal. Dicha interacción depende en gran medida de la volatilidad de la sustancia; de igual forma, se requiere que puedan atravesar las membranas de las células epiteliales de la nariz y llegar a los receptores que enviarán la señal al cerebro, indicando la sensación del olor.

”…volvió a cerrar los ojos. Las fragancias del jardín le rodearon, claras y bien perfiladas, como las franjas policromas de un arco iris. Y la más valiosa, la que él buscaba, figuraba entre ellas. Grenouille se acaloró de gozo sintió a la vez el frío del temor. La sangre le subió a la cabeza como a un niño sorprendido en plena travesura, luego le bajó hasta el centro del cuerpo y después le volvió a subir y bajar de nuevo, si que él pudiera evitarlo. El ataque del aroma había sido demasiado súbito. Por un momento, durante unos segundos, durante toda una eternidad, según se le antojó a él, el tiempo se dobló o desapareció por completo, porque ya no sabía si ahora era ahora aquí era aquí, o ahora era entonces y aquí era allí, o sea la Rue des Marais en París, en septiembre de 1753; la fragancia que llegaba desde el jardín era la fragancia de la muchacha pelirroja que había asesinado. El hecho de volver a encontrar esta fragancia en el mundo le hizo derramar lágrimas de beatitud… y la posibilidad de que no fuera cierto le dio un susto de muerte”. Patrick Süskind, El perfume (fragmento)

Y quizá, para este punto ustedes digan ¿Y a mí como #Homosensual qué? Si somos capaces de reconocer espacios, personas y cosas a partir del olor, somos capaces de darle silueta olfativa a lo que pareciera que no la tiene. Por ejemplo, para mí el color negro huele a polvo de roca y cítrico, es una bendita locura, lo sé, pero existen olores que delimitan espacios y fechas. Olores que levantan una torre alrededor nuestro, olores que construyen un imaginario casi hilarante.

¿A qué huele la #Homosensualidad?, ¿A qué huele la bisexualidad?, ¿a qué huele el mundo Trans?, ¿A qué huele la constante búsqueda de los derechos y la igualdad?, ¿Todo esto tiene olor?

Siendo muy directo:

¿A qué huele una sesión de sexo rudo?, ¿a qué huele la espalda de aquel, aquella que nos gusta?, ¿a qué huele Netflix & Chill?, ¿a qué huele una biblioteca enamorada?, ¿a qué huele el nerviosismo de una primera cita?, ¿a qué huele la boda de nuestro mejor amigo?, ¿a qué huele una declaración de amor?, ¿a qué huelen los labios perfectos?, ¿a qué huelen las axilas, las nalgas, los penes, las vaginas, las manos, el cuello, los dedos, las sombras de un momento especial?

Una idea me ha dado vueltas en la cabeza en los últimos días. Estamos saturados de imágenes violentas, de sonidos estruendosos, de golpes visuales, de gritos, de quejas, de allanamiento físico, de invasión sensorial. ¿Por qué no cambiar todo eso?, reemplazarlo por el aroma más delicioso que se nos pueda ocurrir y asignárselo a la pasión que generan los logros de esta llamada comunidad de la diversidad sexual. Suena utópico, lo sé, demasiado esperanzador, demasiado irreal. Pero; ¿Es falso que los olores nos permiten acceder a ciertos elementos casi mágicos de nuestra persona?, evidentemente no, entonces, por qué no dejar que cobijen de positivismo cada cosa que hacemos.

A mí la libertad me huele a bisexualidad, a mí. ¿A ustedes?

Los leo pronto… Sab!

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