Identificarse como bisexual es una de las decisiones más complejas de la vida cuando creces en un entorno en el que el tema es inexistente.

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En México, por ejemplo, pareciera que existen dos caras de la moneda, no sólo en el tema de esta orientación sexual, sino en el espectro completo de lo LGBT+: La gigantesca Ciudad de México y el interior de la República, ya sean las ciudades en cada uno de los estados o sus pequeñas poblaciones. En mi caso concreto, puedo establecer con toda seguridad que conversar sobre la diversidad sexual en los pueblos de la Huasteca Potosina no es un tema de sobremesa ni de reuniones familiares. Existe una profunda resistencia a ser señalado como homosexual o lesbiana, porque ahí, esos son los términos elementales, lo demás, lo que conforma el resto de las letras del colectivo, no existe, no en el imaginario social.

¿Por qué creo que es importante hacer esta anotación?

La Huasteca Potosina

El día que pude decir con todas sus letras (a los 21 años): Soy bisexual, descubrí que pocas cosas en la vida me habían llevado a través de una sensación de libertad que no es permitida en el entorno rural del país. Entendí, con el tiempo, que evidentemente no era el único con una frustración personal en el tema de la orientación sexual, que allá, en el pueblo, existe una gran cantidad de personas dispuestas a formar una familia heterosexual, tener hijos, y vivir en total anonimato aquello que en el fondo los hace felices. Es triste pensarlo, pero los más afortunados, encontrarán a alguien con quien compartir su vida, en secreto, sin que nadie lo sepa o sin que nadie lo diga abiertamente, decidirán no casarse, ser el soltero o la soltera del pueblo y vivir una soledad casi perpetua, disfrutar del poco tiempo que dura esa pareja que, probablemente, algún día no tan lejano, decida encajar en el estándar y llevar una frustrante vida heterosexual a cambio de un mínimo de aceptación.

Las reglas del juego en el interior de la república son muy claras, casi pueden ser medidas con el entendimiento biológico que indicaban los libros de texto sobre la línea de vida de los seres humanos: Nacer, crecer, reproducirse y morir. El énfasis que hago en el tema rural frente al tema urbano, tiene qué ver con que, durante la infancia, un pequeño que puede ver a dos chicos de la mano en las calles de la Ciudad de México, sabe que esa posibilidad existe, a pesar de lo que pueda llegar a escuchar, sabe que esas relaciones forman parte del entorno en el que está creciendo y la mera visibilidad puede ser un factor determinante en la aceptación de quien uno es. El simple hecho de saber que hay más personas como tú, te permite saber que esto que te sucede no es un tema individual, sino compartido. Claro, eso en términos muy utópicos, porque habría qué medir también el tipo de educación familiar y el contexto de desarrollo de cada uno de los niños. Sin embargo, en el pueblo, la única visibilidad que recuerdo en el tema homosexual-lesbiana era el del chico súper afeminado que se dedicaba a prostituirse en secreto. Ojo, esto lo digo sin ningún juicio de por medio. El detalle radicaba en que si algo dentro de ti indicaba cierta atracción hacia personas de tu mismo sexo/género sentías que ese era el único camino que tomar. La falta de educación en el tema de diversidad sexual, y el manto grueso del estigma social, pesaban mucho más sobre ti, que el considerar que esa sensación podía hacerte entender que existen otras veredas a la felicidad: las propias.

En mi caso concreto, la bisexualidad ni siquiera era una opción latente. Llegué a sentir que, o se es homosexual o se es heterosexual, punto. Me faltaba entender que en el tema de sexualidad no hay reglas, ni leyes inamovibles. ¿Qué fue lo que pasó? Me convencí de que el hecho de sentir cierta curiosidad por alguno de mis compañeros de secundaria, radicaba en la admiración, más que en la atracción. Admiraba su fortaleza física, la rebeldía, la capacidad de vivir sin preocuparse por el futuro, incluso sentía admiración por la capacidad de estos chicos de ser el centro de atención de mis compañeras. Todo esto, tenía sentido para mí, porque dentro de todo lo que podía estar sintiendo, también tuve mis pequeños amores de secundaria, amores “heterosexuales”, obsesiones adolescentes y hormonas alborotadas por algunas de las chicas. Puedo decir que, a pesar de ignorar un lado sobre mi orientación sexual, jamás tuve duda sobre lo que sentía por ellas. En pocas palabras, sin darme cuenta reprimí mi atracción hacia los chicos, reemplazándola por sentimientos que podía controlar y abracé mi atracción por las chicas, como parte de algo que allá en el pueblo era lo que se esperaba. Me sentí cómodo con eso.

¿Qué habría pasado con aquellos sentimientos si, en ese entorno, mi conocimiento ante el tema hubiera sido más amplio?

Parte de la función de la adolescencia es fortalecer la identidad de cada individuo. La información oportuna, la educación enfocada en la búsqueda contundente del crecimiento personal, el conocer todo el panorama de posibilidades de vida, todo eso suma de manera positiva la creación de un horizonte, y aunque parezca fantasioso, ayuda a marcar metas mucho más aspiracionales. La falta de conocimiento ante el hecho de que el mundo va más allá del pueblo, propicia que para muchos de aquellos compañeros a los que admiraba y muchas de aquellas jovencitas que me encantaron, terminaran en el ciclo casi intocable de la familia frustrada, teniendo hijos en edades muy jóvenes y resignándose a la cotidianidad de un lugar en el que pensar en algo más allá se dibuja casi imposible. Se nos enseña en el pueblo a que la familia es la única meta en la vida, la familia heterosexual, claro está y que no importa si esa familia se formó por obra y arte del amor o la complicidad o si es resultado de un embarazo no deseado, llave casi obligada en los adolescentes de un lugar donde la educación sexual no existe.

Desde los centros de salud se hablaba únicamente de las relaciones heterosexuales, el tema de la diversidad jamás se abordaba, nadie preguntaba, nadie lo decía, aunque a muchos pudiera interesarles. ¿Qué sucede? La falta de certeza ante el tema provoca que los padres no sepan cómo trabajar la relación con sus hijos con orientación no heterosexual porque ni siquiera pueden visualizarlo. Al no hablarse del tema, se toma como ley cualquier estereotipo que llegue a través de la televisión abierta, las infecciones de transmisión sexual se silencian, VIH es sinónimo de ciudad y de homosexuales y en el caso de la bisexualidad; ¿Qué es eso? Esto, entre muchas otras vertientes de lo que provoca la falta de información sexual en los espacios rurales. La base de todo es que de sexo no se habla porque se le tiene miedo.

Y sí, quizás las cosas han cambiado, quizás los libros de texto se han modificado y las clínicas rurales pueden hablar hoy de temas LGBT+. Pero la resistencia a hacerlo se mantiene, la capacitación para quienes forman parte de estas instituciones sigue limitándose a la hora de impartir una clase o una plática sobre sexualidad. Existe todavía una negación ante todo aquello que rompa la estructura aceptada del pueblo que entiende sus bases y sus relaciones desde la práctica heterosexual. ¿Es cuestión de machismo? Totalmente. Allá donde dos chicos son juzgados por amarse en público, siguen existiendo pocos (o nulos) caminos a la felicidad a través de lo que uno es, de lo que uno quiere y de lo que nos hace felices, pero lo más triste es que siguen existiendo personitas (en diminutivo) que no tendrán la oportunidad de entender el mundo desde un lado diferente que no sea el de la frustración personal, sexual y afectiva, no podrán amar a quien deseen, sino que tendrán qué amar a quien la sociedad les indique.

Y tú ¿qué opinas?