Qué gay”. He escuchado tantas veces esa frase, que incluso se ha vuelto parte de mi. La uso con mis amigos, para bromear. A ninguno lo incomoda, también están acostumbrados a usar una palabra que en realidad significa “divertido, extrovertido”, para referise a algo negativo, ridículo.

A todos nos parece normal, pero ¿lo es?

En la introducción al libro «Fear of a Queer Planet» (1993), el editor Michael Warner, habla de la heteronormatividad como el “conjunto de las relaciones de poder por medio del cual la sexualidad se normaliza y se reglamenta en nuestra cultura y las relaciones heterosexuales idealizadas se institucionalizan y se equiparan con lo que significa ser humano”. En términos generales, es la tendencia de una sociedad a imponer la heterosexualidad como la norma sexual por excelencia, la única que se acepta por ser viable y natural. Monique Wittig, además la plantea como parte del contrato social y Adrienne Rich la califica incluso de obligatoria. Por supuesto que estos autores han desechado completamente la idea, pues aunque hace no muchos años de sus publicaciones, hoy sabemos que vivimos en un mundo diverso en el que existe más de un expresión del amor y la sexualidad.

Aunque para nosotros #Homosensuales, no es un tema nuevo escuchar estos argumentos que se valen de diversos discursos (mayormente religiosos) para descartar nuestra sexualidad. Hemos luchado desde hace ya varios años contra la opresión que hay detrás de este tipo de discursos y afortunadamente nuestra comunidad ha ganado gran terreno en materia de defensa de derechos humanos, pero no olvidemos que aún hay mucho qué hacer. ¿Sabían que la homosexualidad aún está tipificada en 76 países como delito? El único crimen es no amar, recuérdenlo.

Hoy en día nos enfrentamos a otra disyuntiva. Cuando las ideas de la heteronormatividad se trasladan a la homosexualidad, hablamos de homonormatividad. Lisa Duggan popularizó este concepto en su libro «The Twilight of Equality?: Neoliberalism, Cultural Politics, and the Attack on Democracy» (2004), donde se refiere a la homonormatividad como la tendencia a seguir parámetros heteronormativos en las vidas homosexuales; es decir ceder a la imposición de un estilo de vida que no corresponde a la expresión de nuestra sexualidad. Esta autora refuta la idea de la homonormatividad, argumentando que la homosexcualidad en realidad puede ser la base de construcción de nuevas y diferentes maneras de vivir en este mundo. Duggan también relaciona este concepto con el de neoliberalismo. De ahí su crítica a la persecución casi obsesiva de la obtención del derecho a casarse por parte de las parejas del mismo sexo, el cual considera que es un ámbito más de reproducción capitalista y heternormativo, así como de la manutención de un “mercado rosa” en donde gay y lesbiana se han convertido etiquetas comerciables. Particularmente no comparto mucho la idea de que la lucha por la unión igualitaria de dos personas persigareproducir un modelo heterosexual, si, tiene sentido pues a fin de cuentas buscamos que se nos reconozca en materia jurídica y social como a los heterosexuales, pero sin duda también buscamos deshacernos de el estigma de que en nuestras relaciones existe la figura femenina (sumisa) y masculina (dominante), pues particularmente yo considero que las relaciones entre personas del mismo sexo funcionan en base a otro tipo de equilibrio. Pero, también debo de decir que concuerdo con el hecho de que hay una marcada tendencia, sobre todo de parte de los hombres homosexuales, de llevar vidas lo más heternormativizadas que sea posible. En resumen, actuar como auténticos machos alfa, porque la sola idea de que se les note un poquito que son gays, es motivo de repudio.

Es curioso que en una era en la que se ha ganado tanto terreno en materia de defensa de la diversidad sexual, nos sintamos con más miedo de enorgullecernos de nuestra personalidad. Si, aunque se note un poquito. O mucho. ¿Por qué eso es un problema? Creo que el hecho de que aún hoy en día se sigan utilizando palabras ofensivas para minorizar la homosexualidad y que la palabra gay se escuche más como un adjectivo que denigra, que como uno que celebra, podría explicar por qué nos llegamos a sentir avergonzados de lo que insisto, debería ser motivo de celebración. ¿Será entonces que Duggan tiene razón cuando afirma que nos estamos convirtiendo en una etiqueta que únicamente alimenta al sistema de consumo? Quizá si, quizá nos estamos olvidando que lo verdaderamente importante nunca será encajar en el modelo, mucho menos en el que vende. Si después de tantos años en los que muchísima gente se ha encargado de pelear porque hoy tengamos un poco más de derechos y seamos capaces de vivir vidas libres de miedo y represión, ¿cuál es el sentido de reproducir ese mismo modelo que tanto tiempo nos mantuvo encerrados en el clóset? No digo que no existan hombres gays que sean muy masculinos y no hay nada malo de ello, pero tampoco lo hay, o no deberíamos creer que lo hay en un hombre afeminado; y lo mismo en el caso de las mujeres lesbianas. Desháganse de la norma; vivan y expresen su sexualidad como ustedes quieran.

—Qué gay.

—A mucha honra.