Hablar de Bisexualidad a través de la historia es casi como hablar de la historia en general.

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Son muchos los momentos, las culturas y las épocas en las que la bisexualidad forma parte latente, puede ser que no de manera mediática o visible, pero siempre ahí, siempre existente. No es un tema de religión, ni de razas, mucho menos de geografía, temporalidades, movimientos culturales o sociales, la bisexualidad ha estado presente en cada uno de ellos, no se limita al entendimiento específico de las fronteras.

En todos lados existen personas bisexuales. Sin importar si aceptan o no una etiqueta, sin importar el cómo, cuándo, dónde, con quién, con cuántos, con uno, sin nadie. La bisexualidad, de la misma manera que cualquier otra orientación, forma parte de la naturaleza humana, por lo que bastaría colocar el dedo sobre cualquier lugar del mapa (los océanos no cuentan) para afirmar que  ahí, aceptado o no, existe al menos una persona que podría ser identificada como tal.

Pero ¿Cómo ha sido el paso de esta orientación a través de la historia?

Primero, tendríamos qué definir los campos de análisis, no es lo mismo, hablar de la historia del concepto de bisexualidad que hablar de sus exponentes más representativos, o de su presencia en los movimientos LGBT+. Incluso, podríamos sumergirnos en el estudio de la bisexualidad desde la visión científica, biológica, social, psicológica o evolutiva. Hablar de todo eso nos llevaría años. Trataremos en este texto de abordarlo desde el punto elemental: la palabra. Y más adelante, si están de acuerdo, nos adentramos en otras caras del tema.

Pero, antes de seguir con esto, es importante resaltar una cosa:

Las etiquetas, sin importar las que sean, deben adoptarse de manera personal, se asumen de adentro hacia afuera, y no al revés. Nadie puede colocarla sobre alguien sin que este alguien no haya aceptado pertenecer a ella, porque sólo el individuo tiene la capacidad de entender con exactitud qué es lo que siente, lo que le atrae y establecer si de verdad está cómodo etiquetándose. Con esto claro:

El concepto

Hoy por hoy, el concepto de bisexualidad parece ser entendido casi en cualquier contexto social. Sin embargo, cabe recalcar que entenderlo no es sinónimo de aceptarlo. Ahí precisamente radica la necesidad de mantenerse firme en cómo visibilizamos a la bisexualidad. Esta palabra la escuchamos de manera común, en diferentes círculos y desde posturas dispares.

Intersex by Gracemeere

Inicialmente, la palabra “bisexual” no hacía referencia a una orientación sexual, ésta apareció mucho antes de que existieran conceptos como “heterosexual” y “homosexual“. A mitad del siglo XIX, se utilizó por primera vez dentro del ámbito de la biología, con la intención de referirse a lo que después se llamaría hermafrodita y que ahora conocemos como intersexual. Se usaba, argumentando que, en un desarrollo temprano, el individuo tenía una sexualidad ambigua que después se inclinaría hacia el “macho” o la “hembra”. Y quizás puedan decir: bueno, era otra época y faltaba información. Por un lado, tienen razón, pero por otro, al día de hoy, una de las aceptaciones de la RAE para el concepto de bisexualidad sigue siendo ese (1. adj. Hermafrodita). Creo que se les ha olvidado hacer el cambio, pero sobre todo, han olvidado que el diccionario no define a la lengua, sino al revés, la lengua es la que define al diccionario.

Luego, vino este concepto: La bisexualidad se ha definido como la atracción romántica, sexual o emocional hacia personas del mismo género y de género opuesto. 

Éste es de alguna manera el que suele ser mucho más conocido, el concepto mediático, el fácil de digerir, porque establece una jugada doble: hombres y mujeres. Pero ¿No es el mundo mucho más complejo que eso? Sí, hay un mar de diferencia cuando hablamos de este concepto de bisexualidad frente al que hace referencia a la intersexualidad. Por ejemplo, en este sentido, es mucho más fácil entender la escala de Kinsey a través de la idea del mismo género y el género opuesto, pero donde muchos activistas actuales saltan es en la palabra “opuesto”, porque refiere inmediatamente a la dualidad obligatoria de género, y como ya sabemos, el género (como rol definido) es resultado de la sociedad, creado para establecer un orden pero que no define de ninguna manera al ser humano. Entonces, ¿Qué pasa con el concepto de bisexualidad?

Actualmente, en las conversaciones especializadas sobre el tema, se ha comenzado a adoptar el concepto por el cuál muchos están luchando para que la RAE lo integre en lugar de su idea anterior de bisexualidad:

“Orientación sexual enfocada hacia personas de sexo o género igual o diferente al propio, no necesariamente al mismo tiempo, ni del mismo modo o con la misma intensidad”.

Este concepto llena de valor no sólo a esta orientación, también a las relaciones humanas, al individuo y al contacto, tanto sexual, como emocional. Este es un término paraguas, un término que cobija e incluye, que transforma el “ustedes” en “nosotros”. En él se habla de sexo o género igual o diferente, no se habla de género opuesto, porque es inclusivo también para quienes no se identifican como hombres o como mujeres. Y ustedes dirán ¿Entonces por qué el prefijo bi? Porque el prefijo bi, en este entendido, no se refiere a hombres y mujeres, sino a sexo o género igual o diferente, en el igual o diferente se engloba el prefijo.

Otro de los aciertos de este concepto radica también en la aceptación de las prácticas que pueden darse o no.  No obliga al individuo a mantener algún tipo de relación específica, por ejemplo: un hombre bisexual podría existir perfectamente en una relación con una mujer sin experimentar jamás con otros hombres en términos amorosos o sexuales, eso no significa que no sienta atracción por ellos. Vamos, aquí no aplica el “tienes qué probar para saber que lo eres”, de la misma manera que un heterosexual no está obligado a tener sexo con hombres para confirmar que le gustan las mujeres, o que un homosexual no tiene qué probar con una amiga para darse cuenta que le gustan los hombres. Incluso, el concepto establece que sin importar la intensidad de la atracción o la duración de la misma, el individuo es capaz de saberse bisexual, porque su orientación no está ligada a porcentajes, temporalidades o experiencias vividas, sino a lo que sabe y entiende de sí mismo.

Es evidente que es un tema complejo, porque la lengua al final del día es compleja y cambiante. Como personas LGBT+ no podemos dar por sentado tal o cual definición por el simple hecho de que así ha sido vista a través del tiempo. Es nuestro trabajo cuestionarnos, cuestionar los conceptos que se modifican y se adaptan, los conceptos que buscan proteger a quienes forman parte de ellos.  Al final del día, el único capaz de colocarse una etiqueta eres tú y si las etiquetas no te van, ¡adelante! Recordemos que para decidir no etiquetarse, siempre está a favor de la decisión el que estés informado y el que tus argumentos puedan sustentarse día a día.

Al formar parte del espectro LGBT+ hemos aprendido con el paso del tiempo que todos los conceptos se modifican, porque, afortunadamente, somos un grupo de personas que sabemos que en el cambio, radica la evolución.

Y tú ¿qué opinas?