Me moría de pena en el momento exacto en el que descubrí que me había enamorado de mi mejor amigo.

Sí, pena. Pena conmigo mismo, qué digo pena: ¡Vergüenza! Tuve ansiedad por días, insomnio, frustración, coraje y miedo.

“Llevas toda la vida teniendo relaciones heterosexuales, te encantan las mujeres, no te gustan los hombres… ¿o sí?”

A los 21 años estaba convencido del tipo de relaciones sentimentales que buscaba, era pragmático con el tema, tenía un esquema de las chicas que me atraían (lo sigo teniendo), de sus características en común, de aquello que despertaba mi deseo por compartir tiempo y cama con ellas. De cierta forma, todo estaba resuelto, no había de qué preocuparse. Pero “si quieres que Dios se ría, cuéntale tus planes”. Y al menos en mi caso, ese Dios se estaba ahogando en sus carcajadas, mientras yo trataba de darle forma a aquello que sentía.

“Estás confundido, es una etapa, no te gustan todos los hombres, eres heteroflexible, este es un caso especial, seguro le pasa a todos pero nadie lo dice, no lo digas, no lo menciones, no te expongas”.

Y ahí comenzó el caos. En ese torbellino, en ese tornado a Oz yo no estaba dispuesto a sacrificar mi pasado, mis ideas y mi concepción del mundo. Llegué a la conclusión de que iba a tener algo con mi amigo sin que nadie se diera cuenta, al final, no estaba mal la idea, “era sólo sexo”, nada más para ver de qué se trataba. El plan no funcionó.

Muchos de los bisexuales que conozco, yo incluido, llegan a creer que silenciar lo que está pasando en nuestros cuerpos, la primera vez que nos hacemos conscientes de ello, es el camino correcto. Algunos buscamos seguir empecinados en el tema de las relaciones heterosexuales, ignoramos el pálpito del corazón cuando el culpable de nuestras dudas está cerca. Podemos incluso ser crueles ante el tema de la diversidad sexual, buscando alejarnos lo más posible de ella. Nos enrollamos con la cobija de “esto es pasajero”, “se me va a quitar”, como si fuera un resfriado, como si fuera un síntoma desprendido de una enfermedad de la que no queremos que nadie se entere. Nos avergonzamos de lo que sentimos, de lo que somos, de lo que nos sucede. Cuando es, de manera tajante, una orientación tan normal como las demás, igual de humana, igual de amplia y existente.

A lo largo de estos años en los que he buscado un sinfín de información sobre bisexualidad y todo lo que rodea al tema, también me he permitido escribir al respecto desde este espacio. Contarles lo que para este loco significa esta orientación sexual, mantener firme la bandera azul-púrpura-rosa con la intención de que, si existe por ahí, alguien con la misma confusión que la mía en aquel primer momento sepa que no es el único y no está mal.

Sé que para muchos es molesto seguir leyendo historias de bisexuales desde la lupa de la victimización, desde los argumentos que dicen que ”no nos entienden”, desde el planteamiento de si la misma comunidad LGBT+ nos rechaza, desde la posición triste y dramática de lo “difícil que es ser bisexual”.

Y de cierta manera, tienen razón, el tema de la bisexualidad debería estar enfocado a un espectro más amplio cuando se habla de ella, deberíamos estar debatiendo sobre políticas de educación y salud para bisexuales, desde el atril de las no etiquetas, desde la posición del amor libre sin importar las orientaciones sexuales. Sin embargo, esa victimización de la que tanto hablan aquellos que critican a la bisexualidad, está enraizada en el mismo odio que se expresa día a día por esta orientación. No podemos quejarnos de algo que en la misma comunidad nos empeñamos en victimizar. Puedo asegurarles que se hablaría con mayor constancia de la bisexualidad desde posiciones más amplias si como comunidad y como sociedad, nos enfocáramos en otra cara de ella que no estuviera relacionada con el rechazo interno ante su existencia.

¿Cuántos adolescentes bisexuales podrían sentirse libres de vivirse como tal si procuráramos generar espacios más amables frente al tema?

Concuerdo con quienes establecen que hay que quitarle la carga de víctima a la bisexualidad. No es la orientación del drama, es la orientación de muchos que buscamos formar parte activa del entorno LGBT+ y de muchos otros que simplemente buscan no ser juzgados por las personas con las que eligen establecer sus relaciones sexuales y/o sentimentales.

Y es que para algunos el tema de asumir las etiquetas es un conflicto. Consideran que llamarse a sí mismo bisexual forma parte de la moda de la pertenencia, cuando formar parte de algo no es una moda, sino una necesidad social, una necesidad cultural que le permite al ser humano desarrollarse a partir de lo que entiende de sí mismo. Y sí, ¡Claro que sería fenomenal dejar de etiquetarnos por aquellos a quienes amamos o con quienes nos relacionamos! Pero ¿Está la sociedad lista para romper el molde? Nico Tortorella, actor y modelo que desde su podcast The Love Bomb se asume como sexualmente fluido y en términos más amplios, como bisexual, habla de eso:

Nico Tortorella

“Las etiquetas pueden ser muy frustrantes. Están evolucionando porque la gente siempre inventa nuevas palabras. Parte de mí quiere decir que nos dirigimos hacia una sociedad sin etiquetas, pero no sé. Quizás simplemente inventaremos más palabras”.

A veces nos dormimos en nuestros laureles, creemos que hablar de bisexualidad es redundante, o que el tema estará siempre eclipsado por la victimización o el nulo conocimiento de la gente ante esta “etiqueta”.

Pero al final del día, allá afuera, existe una enorme cantidad de personas buscando un espacio en el que se sientan identificadas, un grupo de personas con las que puedan ver reflejados sus conflictos, donde puedan resolver sus dudas, sus miedos y entender que no hay nada negativo en lo que son.

Y es que hablar de bisexualidad no es solo un tema que hace eco en quienes están en pleno desarrollo y descubrimiento de su sexualidad, es un tema con injerencias políticas que no han sido atendidas, con peso en la convivencia social, en la educación, en los espacios de comunicación e información. Hablar de bisexualidad debería ser una de las tantas tareas que tenemos como personas que esperamos que el entorno en el que vivimos deje de ser hostil, dañino y peligroso para quien piensa, siente y ama de manera diferente a la nuestra.

Mientras exista alguien con miedo a asumir su bisexualidad por prejuicios, señalamientos y odio, nosotros seguiremos hablando de ella.

Y tú ¿qué opinas?