Vivir en pareja me ha servido para aprender mucho, sobre todo a entender cómo vivir conmigo mismo y, particularmente, a admitir que amar es amar a un monstruo.

Por años, pensé que al tener una relación estable (léase duradera) lograría uno de los objetivos que socialmente se nos imbuyen: demostrar éxito al relacionarme afectivamente y de modo estrecho con una (y solo una) persona.

Incluso puse bastante empeño en conseguirlo con tal de demostrarle al mundo que en el rubro del amor en pareja, un homosexual puede triunfar al igual que un heterosexual.

Para anunciar mi dicha, comencé publicando fotos tímidas en Hi5 —ya llovió, ya sé—. Ahora uso Facebook, Instagram, Snapchat y demás redes sociales para mostrar fotos y videos de mi vida feliz en pareja. Sin embargo, hay un truco que inmortaliza mi alegría: exiliar al anonimato los momentos en los que él me detesta o lo avergüenzo, en los que le grito o lo hago sentir miserable. Esto responde a otra de las exigencias sociales omnipresentes: el bienestar inmutable en la pareja.

La felicidad y la armonía fortalecen la relación de pareja, pero suelen sostenerse en pilares de cristal.

Al principio, todo parece miel sobre hojuelas: no hay peleas, no hay discusiones, todo es dicha, gozo y mimos hasta que tu novio se enfrenta a un enemigo bestial: tu verdadero yo.

Poco a poco le dejas ver tu rostro tal cual es, sin filtros, sin retoques, sin stickers de caritas felices y corazones. A tu repertorio de álbumes entran tus desplantes, sobresaltos, imposiciones, berrinches y chantajes. Cada desencuentro en formas de pensar y actuar entre los integrantes de la pareja presenta una oportunidad para que te transformes en esa abominación.

No conforme con esas imperfecciones tuyas, agregas una cereza al pastel: tu ronquido. No se trata de un sonido pasajero o tolerable, es más bien el motor enfermo de un tractor descompuesto tratando de salir de tu garganta. Son bufidos tan estridentes que opacarían a los gruñidos de un cerdo en brama. Lo consigues: tu desvelado y enojado novio te maldice.

Tú intuyes que eres un animal feroz que intenta ser racional y controlar sus emociones, pero hay ocasiones en que fallas y en tus ensayos por construir más momentos felices sólo consigues agrietar los pilares que sostienen tu relación.

Vivir en pareja no debería ser sinónimo de éxito, sino de atrevimiento por compartir tiempo, espacio y voluntades, y de evitar que el monstruo que eres eche todo a perder. 

Cuando vives en pareja, tienes que lidiar con alguien tenazmente. Se libra una contienda constante por llegar a acuerdos en múltiples terrenos: afectivo, sexual, económico, laboral, familiar, etc. Y cuando de por medio hay cariño y respeto, debes volverte un maestro de la negociación si quieres evitar que se derrumben.

Es válido y sano que haya diversidad de opiniones, gustos y necesidades. En ello estriba la posibilidad de aprender y crecer juntos. Lo que es inadmisible es que la violencia, en cualquier de sus manifestaciones, se asome por la ventana.

A mí me costó trabajo darme cuenta y aceptar que soy un monstruo del que alguien se enamoró.

Ante tal revelación, pienso que vale la pena esforzarme por no dejarme dominar por mis arrebatos inhumanos ni tratar de maquillarlos. Más bien, es motivo de compromiso para seguir caminando juntos, sin filtros de por medio, aprendiendo sobre la marcha a reencontrarnos y hallando diferentes formas de felicidad.

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