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Transité mi adolescencia bajo la firme idea de ser heterosexual. Había asumido sin cuestionar el hecho de que me sentía atraído por personas de mi sexo opuesto y, con todo y los sube y baja de la edad, puedo concluir que fue una época que recuerdo con mucho cariño y que para nada me genera conflicto alguno. En un pueblo pequeño de México, donde las posibilidades planteadas son mínimas, asumirme como tal era bastante sencillo. Situación que no se repetía así para mis compañeros de clase que en secreto se sabían homosexuales. Y es que no hay fórmula alguna para aceptar a alguien se sale de la norma, mucho menos un camino a seguir o un referente que pueda confortarte sabiendo que los que te rodean están dispuestos a juzgar sin importarles nada más.

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Durante la universidad, especialmente en el último año, mi panorama se había ampliado. De entrada llevaba varios años viviendo en una ciudad pequeña, pero ciudad al fin, en la que muchos de mis mejores amigos se identificaban como homosexuales, viviendo experiencias que despertaban mi curiosidad, misma que en ese momento se me planteaba como algo desconocido de lo que quería estar informado, pero que seguía sin ser un planteamiento personal, ni algo que quisiera vivir. Simplemente era muy divertido salir con mis amigos y vivir una libertad a lado de ellos que se expandía hacía mí sin saber por qué. Una libertad que durante esa época se relacionaba con cosas muy banales, cosas “de cajón” como ir al antro, salir de fiesta y pasarla bien. Había descubierto que nadie criticaba mi manera de bailar o de moverme si estaba en un lugar LGBT+, a diferencia de la obligada parsimonia de los espacios heterosexuales que poco a poco llegaron a aburrirme.

Aceptar la sexualidad…

 

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Cuando pasó el tiempo, me apropié también de las incomodidades. Comenzó a molestarme la gente que hablaba mal de una comunidad que yo había empezado a entender, de la gente que soltaba argumentos absurdos frente a un grupo de personas a las que no conocía, frente al estilo de vida de aquellos que han decidido dejar de lado las críticas y disfrutan de lo que saben que los hace felices. En todo este proceso, comencé a enamorarme de mi mejor amigo, historia que ya les he relatado en otro momento y que pueden leer en este sitio web. Al principio, como muchas otras personas, cuestioné todo lo que me estaba pasando, me pregunté si realmente había sido gay toda mi vida, si era una etapa, si estaba confundido, si estaba dispuesto a cambiar todo el panorama de mi existencia; y con el paso del tiempo concluí que no había nada qué cambiar. Todo ese tiempo me había sentido cómodo con aquello que había descubierto a mi alrededor, me había dado cuenta de lo mucho que sufre alguien que no es aceptado por su orientación sexual. Si comenzaba a negar lo que sentía, estaba convirtiéndome en lo mismo que día a día dañaba a mis amigos más cercanos: el rechazo.

Así que, con el poco conocimiento que tenía en ese momento sobre el tema, pasé de “heterosexual” a “heteroflexible”. Sí, hoy tengo cierto arrepentimiento frente al uso de ese término, no porque considere que está mal, sino porque a la distancia, puedo decir abiertamente que soy bisexual, que no hay nada malo en ello y que los años han pasado para hacerle frente a aquellas personas que siguen afirmando todas las ideas erróneas de esta orientación. ¿Todo es más simple si te asumes como homosexual o heterosexual? Cuando vives observando y juzgando, parece que sí. Pero en el fondo, no se trata de asumir algo pensando en que sea algo simple o fácil, lo importante es aceptarse sabiendo que, a pesar de ser difícil, es lo que nos hace ser nosotros mismos.

NO DEJES DE LEER: ¿EXISTEN LOS BISEXUALES?

En los últimos años, he leído al por mayor los comentarios clásicos en contra de la bisexualidad. Algunos que de verdad despiertan la carcajada, otros que lastiman profundamente a quienes están aceptándola y/o descubriéndola, y otros más que preocupan, no porque sean en contra de la bisexualidad, sino porque son planteamientos incubados en las experiencias personales, en el ámbito individual, que poco tiene qué ver con quienes viven su sexualidad de manera responsable. Si alguien establece que TODOS LOS BISEXUALES están confundidos porque, todos los que ha conocido lo han dañado, es probable que deba considerar de qué tipo de personas se rodea, más allá de juzgar a una comunidad que no conoce y a la que no entiende.

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Hace un tiempo, un amigo me decía que en su ciudad, la cantidad de personas jóvenes asumiéndose como tal se estaba incrementando, que era muy fácil salir a beber algo y encontrarse con grupos de jovencitos que preferían no estigmatizar y limitar sus relaciones, que buscaban ser aceptados por lo que en el fondo los define y no por su orientación y sus gustos. Esas personas, dispuestas a no cumplir con la regla heterosexual, ni con la regla homosexual, forman parte de este cambio que muchos esperamos, no porque creamos que no ser bisexual está mal, sino porque asumimos que, si en una época los homosexuales se incrementaron, no fue porque antes no existieran, sino porque el momento histórico les permitió decir “no más”, ese mismo proceso está sucediendo ahora con las demás orientaciones y con las identidades de género. En estos días, donde las manifestaciones en contra de temas como el matrimonio igualitario se dibujan en las calles, la pregunta es: ¿Qué tan dispuestos estamos a aceptar, entender y apoyar el cambio? El camino se bifurca, podemos convertirnos en verdugos incapaces de tener un pensamiento racional frente al cambio necesario o plantearnos el hecho de que las cosas pueden mejorar, no sólo para los bisexuales, sino para todos.

Los leo pronto… Sab!

¿Aceptar la bisexualidad?

Y tú ¿qué opinas?